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Una boda real británica ¿“negra”?

 

(Aquí mis comentarios, jugando de cronista de bodas reales por primera y única vez)

Dos cosas me llamaron la atención de la boda real británica.

Primero, y lo más llamativo para la prensa de este ámbito supongo, la casi excesiva incorporación del mundo del espectáculo: una actriz es la novia, el elenco de acompañantes repleto de rutilantes stars, desde el planeta Hollywood, pasando por el universo musical, Oprah, la moda, y hasta los famosos del deporte. (¿Ser un artista famoso se ha vuelto como ser de sangre azul?) La norma de los sombreros extravagantes, y algunos en el límite de lo surrealista, contagiada hasta a los participantes del público, que acampó tres días fuera del templo para ver pasar unos segundos a la pareja recién casada.

Pero, segundo, y lo más importante para mí: la presencia histórica de los afrodescendientes, no en calidad de sirvientes ni elegantes esclavos de los británicos, sino de protagonistas del quehacer de la realeza.

Una novia, estadounidense, divorciada, y no simplemente plebeya, sino como la llamaron con tanta delicadeza en la cobertura mediática inglesa “bi-racial”. Es decir una mujer que, junto con su madre, no habría tenido acceso a los baños de los blancos en los Estados Unidos de los años veinte ni de los treinta; tampoco a los asientos delanteros de los buses, ni siquiera en los años 50, ni en las inmediaciones de la década de los 60.

En la capilla de San Jorge, en una boda real británica, se escucharon no solo las angelicales voces de los niños hiper-blancos de las familias de la alta sociedad inglesa, sino las rítmicas y voluptuosas notas musicales de un coro gospell (que hasta bailó, aunque suavemente) y un joven músico clásico premiado, el primero de su raza (afrodescendiente) por la BBC, como ejecutantes de las melodías más recordables del evento.

Ah, y la cita de Martin Luther King -la cereza del pastel- en las palabras del ministro Michael Curry, también negro, a cargo del discurso principal de la ceremonia religiosa. Un religioso con un mensaje apasionado sobre el amor de Dios (con alusiones inequívocas a la canción Imagine de Lennon), que borraba todas las diferencias entre humanos, que sentenciaba abolidas esas diferencias para un mundo nuevo (sugiriendo a la nueva realeza su responsabilidad en la construcción de esta nueva humanidad, más igualitaria y tolerante) tan sólo por la fuerza del Amor.

El reverendo me trasladaba inevitablemente a una antigua iglesita de madera en el sur de EE.UU, o a cualquier conglomerado negro en una capilla urbana estadounidense, con su estilo, ritmo, énfasis, movimientos y pasión al hablar. Eran esperables entonces los “amén” de la audiencia, cada vez que el excelente orador hacía la pausa diseñada para ese típico consentimiento grupal. Y observaba que la madre de la novia a duras penas se contenía para no gritar ese amén. Casi la veía ponerse de pie para hacerlo…

Era claro que a la reina y sus cercanos les parecía excesivamente pintoresco aquel ministro, y bajaban la cabeza y se miraban de reojo en ciertos momentos, como agobiados o un tanto apenados por tan colorida presentación en el gótico y tradicional templo.
(Habría remordimiento colectivo por la remembranza de la violenta colonización inglesa del Caribe o Africa? No, no creo que fuera eso)

Por momentos aquello parecía más una representación hollywoodense de una boda real, que una ceremonia nupcial verdadera.

Sí, señores, una afrodescendiente casándose con el pelirrojo príncipe británico, en una ceremonia nupcial pletórica de elementos de la negritud como protagonistas principales, y brillantes, del evento.

Yo ví la cobertura periodística de este anacronismo social de las monarquías, porque pensé que seguramente será la última boda real que contemple por la TV en mi vida.

Pero he aquí que, sorprendentemente y desde una visión optimista claro, resultó una reivindicación histórica y una ruptura simbólica de barreras y exclusiones, inimaginable aún en el último medio siglo.

¡Bien por los simbolismos de ruptura y corrección histórica!
Vistos además en todo el mundo gracias a la prensa televisada y a internet. ¿Cómo podrán cambiar cosas en las cabecitas de los niños, y especialmente de las niñas, estas visiones?

Abuela tenía razón, como siempre, “siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”. O sea: vivir para ver. La historia siempre puede cambiar. Y cambiar radicalmente.
La humanidad puede tener esperanzas.
Aquí el botón de muestra.

 

*periodista costarricense

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Julia Ardón