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¿Tiene Patria el dolor?

por Gioconda Belli

Voces adustas e implacables condenan a quienes sienten
como propio
el ardor de los naufragios la espalda que sangra del azotado.
Preguntan por qué dolerse por quienes no despiertan
bajo su cielo, hablan su idioma
¿Por qué llorar por desconocidos
seres que no comparten sus historias su sangre su pan nuestro
de cada día?
El niño acostado en la playa, vestido con su ropa de viaje
acurrucado sobre la arena en posición fetal
la criatura con los zapatitos lustrados
la camisa los calcetines con los que pensó nacer a otra vida
solo para morder la sal del mar y que las caracolas
le dieran la noticia
de su propia muerte
¿Por qué ese niño los conmueve, reclaman, y no el desarrapado
de la esquina
alzando su tarro pidiendo limosna?
¿Por qué llorar por París y sus muertos?

¿Tiene Patria el dolor?

¿Tiene el corazón grabado un mapa donde solo cabe
la propia geografía?
Ningún hombre es una isla, dijo el poeta John Donne.
Y también dijo:
“La muerte de cualquier hombre me disminuye
Porque soy parte de la humanidad.
Nunca mandes a preguntar
Por quién doblan las campanas
Están doblando por ti”

Las campanas del mundo están tocando a rebato
Fronteras y cadalsos, ciudades y escuelas, plazas y el mar
se han llenado de pálidas imágenes envueltas en sudarios
la desolación ronda nuestros ojos y nuestros pechos
la dulce comodidad de nuestros días
y no hay nada lejano que no logre horadar nuestra
cotidiana indiferencia.

Algún día llegarán por nosotros
y lamentaremos la mirada que rehúsa dolerse por el condenado
a muerte
por la ciudad arrasada, por los decapitados, por la mujer lapidada por adúltera.
Cada muerte nos disminuye
porque no sabemos morir
y en las estancias llenas de tiempo y palabras
engañamos el corazón con las razones sin razón
de cerebros trasnochados por justicias equívocas.
Vociferamos contra la violencia mientras la invocamos.
A palabrazos creemos conquistar la exigua manera de existir
que nos dispense la frialdad de nociones carcomidas.
Anda trasnochada la solidaridad
huyendo entre las rendijas de definiciones obtusas
que en vez de sobar el alma la acuchillan.

El compasivo que llora debe limpiarse las lágrimas detrás
de los pilares
y sentir que lloró por una causa perdida
o que un muerto en Arabia o en la China
es harina de otro costal, una cebolla que no debió pelar
para no llorar en la cocina y vibrar como violín
para tañer la música triste de la que se hacen eco
todos los gatos del vecindario.

Ya desbarro, ya digo lo que mi corazón de poeta
no sabe explicar:
Que me enfurecen quienes miden cuántas lágrimas derramar
por esto o lo otro
como si hasta los llantos debiesen estar racionados
como si no abundara el agua más en nuestros cuerpos
que en las aguas en las que se
ahogan los perseguidos que huyen del único sol que podrán llamar suyo.

Huir es la palabra diaria, la acción refleja, la terrible verdad
de los despojados
Huyen los que aman la tierra que otros se meten en los bolsillos
y roban
como botín sobre el que hundir sus botas y trastocar
en lodo los monumentos
preservados por los siglos y el amor sigiloso de tantos que admiraron
la historia de quienes nos precedieron y nos legaron la belleza
de su memoria.

Doblan por nosotros las campanas
Siguen doblando las campanas
Y hay que recuperar las patrias del dolor
Que no sean las monedas las que borren las fronteras
Sino nosotros, esta humanidad que somos,
gritando ¡Basta!

Enero 2016

 

 

Fuente: La Prensa, Nicaragua

Ilustración: Embracing the rain, por Vin Zzep

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Julia Ardón