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¿Por qué un hombre casado, heterosexual y cristiano puede ser feminista?

( y además candidato a diputado por un partido llamado "Nueva Liga Feminista)

El testimonio de Carlos Bonilla Avendaño

¿Qué significó para un hombre casado, heterosexual y cristiano, ser candidato a diputado por el Partido Nueva Liga Feminista, en las elecciones nacionales del 2006?

Lo de “casado” es un precedente. Loida, mi esposa, aunque nunca ha sido “militante del feminismo”, defiende, amplía y ejerce sus derechos y los de otras mujeres sin titubeos. A la par de ella sigo aprendiendo acerca de feminismo, de masculinidad, de libertad.

Lo demás va en esta historia:

Ibamos en gira hacia Santa María de Dota. Ana Rosa, Laura, Tita… alguna o algunas más. El carro en que andábamos –creo que era algo parecido a un yip- era conducido por Ana Rosa.

Mareado por tanta curva -las de afuera y las de adentro- me sentía muy emocionado al intuir que, de una u otra manera, estábamos haciendo algo histórico. O al menos, valiente.

Imagínense: cuatro mujeres profesionales, feministas tiernamente fuertes, con una conciencia de género a todo dar y yo, un ex carmelita descalzo, medio poeta, medio abogado y medio ciego, dirigiéndonos, con banderas, volantes, pegas, Programas… (creo que para camisetas no nos daba el presupuesto) a una pequeña ciudad todavía marcada por la “tiquicidad” y el espíritu campesino de nuestros abuelos y abuelas. ¡Eramos candidato y candidatas –el burro adelante- del Partido Nueva Liga Feminista Costarricense!

La emoción era el resultado de saber que estábamos rompiendo esquemas. Un Partido político feminista, en el que también podíamos participar hombres. Por imperativo de Ley, pero ahí estábamos y podíamos sentirnos aceptados, respetados… y utilizados, en la más sana acepción de la palabra. Todo eso era nuevo y significaba rupturas.

Pues bueno, ahí íbamos las 4 y yo, admirando el bellísimo paisaje y platicando acerca de cómo entrarle a la “campaña” en Dota. Ante los desafíos cercanos, nuestros pensamientos zigzagueaban al ritmo de la carretera.

Llegamos. Algunas personas simpatizantes y colaboradoras del Partido habían programado varias visitas a casas de familia. Y las madres y padres de esas casas a su vez habían invitado a parientes y vecinas.

Sabíamos que la propuesta del Partido, como muchas posiciones feministas, podía chocar con la ideología religiosa y política de muchas y muchos oyentes. La sabiduría y la delicadeza de mis -en otros contextos- combativas compañeras, fue lo que permitió un diálogo a profundidad con la gente de los distintos pueblos que visitamos. Ellas hablaron sinceramente, sin renunciar a principios ni recurrir a mentiras, dejando claro el mensaje prioritario que llevábamos: la convicción de que cuando mujeres y hombres “feministas” alcancen posiciones de incidencia política, eso contribuirá al logro de leyes que aporten a disminuir la inequidad, la desigualdad y la discriminación por razones de sexo y género.

Aun cuando yo no compartía el cien por ciento de la propuesta del Partido, esta convicción fue suficiente para que cierta sensibilidad y solidaridad, forjadas desde mi apuesta por la fe cristiana, me empujaran a aceptar una candidatura “de adorno” (no había la mínima probabilidad de elección para el quinto puesto que era el mío, ni para el cuarto, ni para el segundo…). Políticamente era una candidatura de adorno. En lo personal siempre será una candidatura que me honró y de la que estoy orgulloso.

La honestidad fundamental de mis compañeras de Partido, unido al cariñoso respeto y a la mirada limpia de la gente de Dota que quiso acompañarnos en esas reuniones, nos permitió a quienes llegamos “de afuera”, sentir en ese momento una intensa corriente sororial y fraternal entre todos y todas. Y aunque era apenas una semilla, sentí que esta vivencia demostraba que “otra forma de hacer política”, “otra forma de construir Partido”, era posible.

Llegó el día de las elecciones. Yo, la verdad, mantuve durante todo el proceso electoral la ilusión de que quizás podíamos elegir a una diputada. No lo logramos. La diputación “de los minoritarios” la ganó Oscar López. En medio de la tristeza porque nuestra compañera no llegó a la Asamblea Legislativa, una parte de mí se alegró con la llegada del “candidato de los discapacitados”: un ciego, un discriminado, un excluido, que por tal condición tendría que estar levantando banderas solidarias e inclusivas. En cambio, ha sido el abanderado del pachuquismo, de la prepotencia y del oportunismo.

Han pasado varios años. Mi memoria nunca ha sido buena y seguramente los recuerdos de esta gira a Dota con las banderas verde, azul y amarillo del PNLF están idealizados. No importa.

Esa idealización es la que me permite seguir soñando y luchando por construir una Patria inclusiva, solidaria, fraterna y sororial.

Probablemente la idea de un partido feminista electoral ya esté superada como medio de incidencia política. No lo sé, ni es una de mis preocupaciones ni prioridades en este momento.

Pero a ellas y a mí, ¡nadie nos quita lo bailao!

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Julia Ardón