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¡Mataron a Michelle!

por Camila Schumacher

Un crimen de odio reseñado con odio -¡Mataron a Michelle!- esa fue la noticia con la que se desayunaron, el jueves, sus amigas y familiares. Luego, entre las lágrimas y las conjeturas, que provoca un suceso tan atroz, se coló la duda. Todos corrimos a sintonizar las radios, a prender la televisión, a buscar las publicaciones en papel y en línea y hubo quien suspiró con alivió: – No fue a ella- dijo alguna. -Que sí – contestó otra – si sale la dirección de su casa. -Pero dicen que era un travesti y ella… ¡ella era una mujer!- contestó otra más y, entonces, al unísono, todos los que la conocimos sentimos cómo al espanto de un asesinato perpetrado a sangre fría por dos matones se le sumaba otro hecho igual de injusto. No solo le habían quitado la vida: muerta, le arrebataron su identidad.

A voces, tecleando apurados, los periodistas, voceros de una sociedad se alimenta de prejuicios y los reproduce sin vergüenza ni reparo, ofrecieron detalles escabrosos aunque, seguramente, desde su punto de vista, no entorpecían la investigación. Así, dijeron que era un hombre, que se disfrazaba y se hacía llamar Michelle cuando se prostituía: mentira, mentira, mentira y mentira. Aclaro: Michelle era una mujer trans, las leyes impedían que su nombre, el verdadero, aquel con el que ella y quienes la conocían la identificaban, apareciera en la cédula. Y como no sale en la cédula, el nombre, tampoco hubiera quedado registrado en los títulos que pudo haber sacado si las humillaciones de los compañeros y profesores no la hubiesen expulsado de las aulas o en el carnet del Seguro Médico al que con gusto hubiera cotizado de haber tenido trabajo. Porque se prostituía, sí… ¿de qué otra manera podría haber pagado comida, casa, servicios básicos y ropa –de mujer, por supuesto- cuando su identidad de género la había condenado a la marginalización? A las burlas y los golpes, a la humillación y al odio. A la muerte.

Una muerte prematura como la que tienen todas y todos los que son asesinados; como la que les espera a las mujeres trans como ella, cuya esperanza de vida es de 35 años. Sí, hay un segmento de la población que, en la infancia se entera de que, con suerte, va a vivir poco menos de 40 años. Aquí, en Costa Rica… en Cartago, que alguna vez fue la capital de este país y que aun cuenta entre sus habitantes a los más devotos. No me cuesta creerlo pero me duele infinita, infiernitamente. -Fue un crimen de odio- dijo alguna de sus amigas sin poder contener ni el horror ni el llanto. -Imposible- contesto otra- si a ella la querían. Y empezaron a enumerar las veces en que solidaria, compartió el pan; amable, apadrinó a chiquillas, jóvenes trans, que se estrenaban en las esquinas; divertida, contó chistes para alejar con risas el miedo y el frío de las madrugadas a la intemperie; valiente, supo ser ella misma a pesar de los pesares.

Y entonces, una plegaria en su honor y otra, con la esperanza de no ser la próxima víctima, nos unió a todas… A todas las mujeres, trans y cis, que tememos que a un hombre se le vaya la mano, que nos pegue, que nos mate porque ni nuestro cuerpo ni nuestro ser se ajusta a sus deseos, porque nuestra femineidad, de alguna extraña e incomprensible, manera los desafía o los humilla. A Michelle la mataron por ser una mujer trans, –y esto lo digo de oídas–, porque los clientes que estaban dispuestos a pagar por sexo –más caro, seguramente, si era sin condón– no soportaron que además de un lindo par de tetas, un cara hermosamente maquillada, un pelo largo y sedoso como el de los anuncios, un cuerpo esbelto, ella tuviera pene. De los asesinos se encargará la justicia, de mantener viva la memoria de Michelle quienes la conocimos… Pero que no vuelva a ocurrir, que los medios de comunicación nos obliguen a todos a desayunarnos con estereotipos, que se perpetúe la injusticia hasta la eternidad. Eso es responsabilidad de todos.

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Julia Ardón