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Mañana de Domingo

por Catia Obregón

Me encanta el verano, especialmente en Santa Ana donde vivo. Amo los colores, la brisa y las noches. Desde mi ventana veo cuando florean los cortez amarillo de la plaza del centro y los muchos robles de sabana del valle; además recibo la visita de pajaritos muy coloridos del norte que siempre paran en alguno de los güitites que dejamos crecer alrededor de la casa.
Atrás en otra propiedad, había unos enormes porós, estaban ahí desde la época en que esa finca era un cafetal, y digo había, porque hace unas semanas los talaron. Desconozco las razones (porque estoy segura que las hay, siempre hay), pero de inmediato percibo las consecuencias.; aumenta la temperatura en el jardín de atrás, ya no escucho la música que hacían sus ramas mecidas con el viento y las bandadas de pericos que llegaban todos los días andan tan desorientadas con su ausencia, que hoy los vi en la copa de un pino cercano mirando la rededor y gritando su desconcierto.


Claro, es que un árbol, pensé, no es “solo un árbol”, es todo lo que recibimos gratuita y generosamente de su amorosa presencia. Son los cientos de otros organismos que dependen de su sombra y del alimento que les provee. Es la alegría que comparten por saberse parte de todo, comunicados desde la profundidad de sus raíces con la tierra y abrazados al cielo desde sus ramas.


Pero no somos conscientes de todos estos beneficios, ayer visite un condominio cercano, donde probablemente pagan mucho por seguridad y mantenimiento, pero en sus áreas verdes no vi otra cosa más que arbustos y palmeritas extranjeras en las avenidas. Seguro que se asemeja mucho a la presentación que hicieron los ingenieros y arquitectos en su diseño. Pero serán sus habitantes los que viviendo en un cantón tan hermoso, en un país tan ecológicamente diverso, tendrán que atravesar cada vez más kilómetros de asfalto para poderlo disfrutar.
Reconozco que soy afortunada, en mi comunidad optamos hace muchos años por regenerar el ecosistema natural en nuestras áreas comunes (proceso que continúa), por eso me despiertan escandalosas piapias y oropéndolas, nos arrullan en las tardes grillos y chicharas; y en las noches se asoman mapaches a mi ventana a ver que estoy cocinando.


Tal vez cuando seamos más como los árboles, responsables de lo que damos y recibimos, generosos, aprendamos a integrar la belleza de la vida que ya nos rodea y darles cabida a todos los seres con los que compartimos el medio ambiente del cual somos parte. Rodeados de tanto amor que no volveremos nunca más a sentirnos solos.

 

San José, Costa Rica

febrero de 2017

foto de Arboles Mágicos

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Julia Ardón