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El Asalto

por Sergio Erick Ardón Ramírez

 

I (antecedentes)

Como consecuencia del robo cometido en el Banco Nacional de la Uruca, la policía encontró pistas y huellas que llevaron a la captura de Carlos Fonseca en una casa de Alajuela. Ayudó la delación de un amigo del dueño de casa, que identificó como nicaragüenses, a los húespedes “colombianos” del tico-holandés Derk Van Wilpe.

Buscando darle acomodo seguro tanto a Fonseca como a otros dirigentes de la guerrilla sandinista, que se encontraban de paso por el país, ubicamos en diferentes casas de Alajuela a varios de ellos. Simpatizantes de aquella lucha casi suicida contra el tirano Somoza acogieron concientemente a los jóvenes nicaragüenses, que se aprestaban a ingresar clandestinamente a su patria para enfrentarse en esa lucha desigual a lo que fue para la mayoría de ellos la muerte.

Siendo Carlos Fonseca el dirigente máximo, fundador y corazón del Frente Sandinista, buscamos darle el lugar más seguro. Mi buen amigo Van Wilpe vivía en una quinta alquilada en el barrio del Brasil. Su esposa alemana, se encontraba visitando a sus padres. De manera que la casa pasaba el día sola. Van Wilpe trabajaba en Grecia en la Cooperativa Victoria como ingeniero mecánico. Presenté a Carlos Fonseca y a Humberto Ortega como dos amigos colombianos, y solicité el favor de hospedarlos por unos quince días mientras realizaban un estudio de mercadeo. El amigo, que de acentos latinoamericanos nada conocía, accedió de buena gana. Así tendría con quien conversar en las noches y con quien compartir el desayuno.

Carlos y Humberto trabajaban en las tesis que expondrían a sus compañeros, para su discusión y aprobación. El Frente Sandinista que había sido severamente golpeado por la guardia somocista buscaba recomponer sus filas y afinar su estrategia para volver a la ofensiva. El grupo que se encontraba en Costa Rica sería el núcleo central de esa recomposición.

Todo marchaba sin sobresaltos. En los llanos de Turrúcares, en la profundidad de la Hacienda Siquiares, bajo la sombra de un inmenso árbol de guanacaste, conocieron y discutieron los textos todo un día la quincena gruesa que conformaba el grupo.

Tocaba a Fonseca y a Ortega, ambos miembros de la Dirección Nacional del FSLN, hacer los afinamientos, para lo que recibían apoyo de mecanografía de parte de una generosa abogada alajuelense.

Estando a pocos días del momento de concluir la tarea y aprestarse a cruzar clandestinamente la frontera, la Guardia sorprendió en Managua la casa de seguridad donde se manejaban los fondos de la organización. Julio Buitrago y otros militantes murieron en el enfrentamiento y el dinero se perdió.

Ante aquel traspiés y necesitados de financiar el regreso, un poco a la desesperada, es que resuelven asaltar el banco de la Uruca. Asalto que debía darse sin causar maltrato ni heridas a nadie. Esas fueron las instrucciones expresas de Fonseca, que entendía y repetía que había que ser extremadamente escrupulosos a la hora de moverse en Costa Rica, “que es nuestra retaguardia natural”.

II

Antes de seguir adelante contando pormenores de lo que sucedió, creo necesario hacer una breve caracterización, a mi entender, de la personalidad del hombre que motivo estos hechos.

 

Carlos Fonseca fue un hombre especial, de esos que no nacen todos los días. Hijo de Fausto Amador, administrador de fincas de los Somoza y de una mujer humilde de quien tomó su apellido. Las calles de su Matagalpa natal lo vieron ir y venir como hijo de pobre. Destacado estudiante, rápidamente se involucró en las luchas sociales y políticas fortaleciendo no solo sus convicciones sino también su opción por las formas de lucha que la tiranía imponía. Son esas convicciones las que lo llevan a involucrarse en la lucha armada y a sufrir destierro y cárcel y heridas casi mortales.

Cuando llega a Costa Rica en aquel 1969 era el líder indiscutible del Frente Sandinista, condición que había ganado por su consecuencia y sus virtudes morales y políticas.

Me tocó irlo a recoger junto con Francisco Rosales a un lugar cercano a la frontera. Los baqueanos que lo habían guiado en el peligroso cruce se esmeraban en limpiar sus piernas de las muchas garrapatas recogidas en los potreros de Rivas y de Guanacaste. Se podía entender que había en ellos un gran respeto por el dirigente, rayano en la adoración.

En multiples ocasiones conversé con él o lo acompañé en sus desplazamientos a visitar compañeros. Alto, de pelo castaño ensortijado, con miopes ojos claros, de voz pausada o apremiante dependiendo de las circunstancias y el interlocutor. Culto, sensible, un revolucionario integral y cabal, un verdadero humanista. Ganó mi admiración y respeto.

La única “debilidad” que le conocí en todos esos meses de ires y venires, fue la de su aficición por los helados de coco. Siempre insistía en pasar a comerse un cono en la POPS de La Sabana.

Al ser interrogado después de su captura, y ser preguntado sobre su oficio o profesión dijo con gran convicción: “yo soy maestro”. Y en verdad eso era Carlos Fonseca, un maestro de pueblos.

Habiendo sido aprehendido en Alajuela, por juridicción le correspondió la cárcel de la ciudad. Se le acusó de haber participado en el robo del banco de La Uruca, lo que no era cierto. Ni siquiera tuvo que ver con la planificación de esa acción, su tiempo estaba dedicado de sol a sol a la elaboración de los documentos en la quinta del Brasil. En ese trabajo lo acompañaba Humberto Ortega, que el día del allanamiento no estaba ahí. Otros miembros de la Dirección Nacional habían sido expulsados del país por el gobierno de Trejos Fernández. Primero Henry Ruiz y Tomás Borge, después Francisco Rosales y Oscar Turcios, capturados en el peaje frente al Hospital México cuando con total relajamiento se dirigían a Alajuela a coquetear con unas muchachas. Este hecho es el que terminará por poner en manos del miembro más joven e inexperto de la dirección sandinista, Humberto Ortega, de 25 años entonces, el intento de rescatar a Carlos de la Cárcel.

III

Vamos a seguir en caliente. Mi propósito era el de publicar una parte diaria, pero me doy cuenta que hoy tengo el tiempo y el impulso para no cumplir con ese propósito. Así que sigo.

La captura de los dirigentes sandinistas, uno tras otro, por el gobierno de Trejos Fernández evidenciaba la coordinación que mantenía ese gobierno con el de Somoza. Si bien era cierto que estaban en el país sin haber cumplido con las formalidades de migración, por razones más que obvias. También era cierto que su presencia aquí, discreta y mansa, no comprometía en absoluto la tranquilidad nacional. La ubicación, persecución, captura y expulsión, se dan bajo las orientaciones y en función de los intereses del régimen somocista.
Ya explicábamos las circunstancias que llevan a la acción contra el Banco Nacional de La Uruca. Esta acción y sus secuelas es la que permite llevar a la ubicación de Carlos Fonseca y da pie a la acusación en su contra. Así se le confinaba aquí, sin que mediara expulsión. Bien se sabía de la importancia capital que su figura representaba para la oposición armada en Nicaragua. Sacarlo de circulación, juzgándolo y condenándolo aquí, asestaba un duro golpe a esa oposición.
Con Carlos preso en Alajuela mi involucramiento se acentuó. No solo porque pudiera visitarlo a menudo, y servir así de correo, sino porque en nuestra casa recibimos a su compañera y a sus dos hijos. María Haydée Terán, hija de un librero de León, había contraído formal matrimonio con Fonseca, y sus dos hijos, Tania de los Andes y Carlitos, según contaba ella, eran el resultado de las dos únicas veces que pudo estar con él en todos estos años de carreras y zozobras. También la madre de María Haydée convivió un tiempo con nosotros.
La preocupación que había entre los sandinistas por el encarcelamiento de su jefe y guía, se acentuó cuando en el aeropuerto del Coco- aún no llevaba el nombre de Santamaría- se reunieron el presidente Trejos Fernández y Anastasio Somoza. conversación cuyo contenido no trascendió. Este hecho hizo saltar las alarmas y acentuar las sospechas de que algo peor pudiera estarse fraguando.
Aún Enrique Obregón, que había asumido la defensa legal, de Fonseca, expresó su preocupación. Para los nicas era inconcebible, ya de por si, que la cárcel tuviera una tan pobre seguridad como la que habíamos comprobado. Acostumbrados a las prisiones de Nicaragua, erizadas de guardias armados de fusiles, les parecía sospechoso que la cárcel de Alajuela, albergando a un preso como Carlos Fonseca, no fuera igual. En sus elucubraciones pensaban que esto podría deberse al acuerdo entre los gobiernos para facilitar la irrupcción de un comando, falsamente sandinista, que se llevara a Carlos y lo desapareciera. Nosotros, inexpertos también, no podíamos negar esa posibilidad.
Es ese el marco en el que estaban las cosas, que lleva a Humberto Ortega a proponer el asalto a la cárcel y la liberación por la fuerza de Carlos Fonseca.

IV

Ahora tantos años despues de aquellos luctuosos hechos podría uno preguntarse ¿por qué no se intentó una salida negociada que habría podido sortear los riesgos de una acción armada? Nunca existieron canales de comunicación entre un gobierno muy conservador como el de Trejos Fernández, que colaboraba estrechamente con el de Somoza en Nicaragua y un Frente Sandinista enfrascado en una lucha cuesta arriba, muy desventajosa, y tenido, sin mayor discusión, como un grupo subversivo y terrorista al que había que perseguir. Nosotros los que en Costa Rica ayudábamos, no teníamos los contactos ni la influencia, menos la madurez o la experiencia para intentar canalizar algun contacto. Nuestro apoyo, ya lo decíamos, era sin cálculo y sin medida.
Cabe también apuntar que este relato de los hechos, que conocimos de primera mano, tiene el solo propósito de llevar luz sobre un acontecimiento inaudito que sacudió el país. Lo hacemos para saldar una deuda histórica, no nos mueve otro afán. No estamos justificando lo que sucedió, estamos explicándolo. Al hacerlo pretendemos poner las cosas en su justa dimensión. Mucha tergiversación e incluso mucha mentira se dijo y se ha acumulado. No es tampoco nuestra intención zafar el bulto de la responsabilidad personal que pudiéramos tener. La asumimos, y por las equivocaciones y sus consecuencias, a quienes fueron víctimas o resultaron afectados, ya lo hicimos en su momento, y ahora lo reiteramos, pedimos perdón.
En un potrero de la Hacienda Siquiares, a la sombra de un gigantesco guanacaste, justamente en el mismo lugar donde semanas antes se habían discutido los estatutos y el programa de lucha del Frente Sandinista, se planificó la acción armada que liberaría a Carlos Fonseca, devolviéndolo a sus tareas de dirección y evitando el peligro de que pudiera ser víctima de algún intento amañado de acabar con su vida. Estos eran los objetivos y estas eran las preocupaciones que movían al comando designado para lograrlo. Ya había pasado clandestinamente a Nicaragua, el grueso del grupo que discutió los documentos.
Siempre se dijo, y sobre eso insistía desde la cárcel el mismo Fonseca, que la operación debía ser limpia, que la toma de la cárcel debía darse sin exceso de violencia, a sabiendas que cualquier error podría provocar daños a personas y un costo político muy alto. “Los costarricenses, entiendan o no la justeza de nuestra lucha, estan contra Somoza, ese es un capital político que no podemos arriesgar, la lucha será larga y Costa Rica será nuestra obligada retaguardia”, repetía una y otra vez, y así lo transmitíamos.
La operación tenía su complejidad y varias partes. Al tomar la cárcel incruentamente se liberaría a Fonseca, con tiempo suficiente para ponerlo en camino a la frontera, por una ruta segura que ya se había explorado, al tiempo que se hacía creer que él iba como pasajero en un avión de LACSA que saliendo de Limón sería desviado a Cuba.

V

En dos carros alquilados con cédulas falsas, al ser la medianoche del 24 de diciembre, el comando tomó la Calle Real y se enrumbó a la cárcel. En el primero iban Humberto Ortega, responsable de la operación, Rufo Marín, Fabián Rodríguez -conocido como El Corzo- y al volante Plutarco Hernández. Ellos eran los encargados de engañar al guardia de puerta, copar la cárcel y sacar a Fonseca, con la participación de Germán Pomares que llegando a pie se sumaría. Controlando el callejón que comunica la Calle Real con el Parque Central estaba Julián Roque. En el segundo carro, encargado de llevar a Fonseca y a Ortega por una ruta segura, y hasta un trasbordo, estábamos Róger Vásquez, Néstor Carvajal, que manejaba, y yo.
Carlos Fonseca recibiría la señal de que el operativo estaba en marcha por medio de un “viva el Partido Demócrata” que gritaría en la esquina de la cárcel donde estaba su celda, un compañero ramonense, que aparentaba estar borracho. Carlos pediría ir al baño y el guardia que siempre, día y noche, lo acompañaba abriría la celda. Al mismo momento Plutarco y Fabián presentarían en la puerta a Rufo como un ladronzuelo cojido metiéndose en una casa en Río Segundo, al que querían entregar. La puerta se abriría, Plutarco volvía al carro, Rufo controlaba al guardia de la puerta y Fabíán y Pomares al oficial de guardia, mientras Humberto iría a traer a Carlos. Todo esto en el mayor silencio, sin disparar un tiro. Lo que era clave para garantizar una segura retirada y para minimizar la indignación que pudiera causar entre los costarricenses que un comando sandinista actuara en suelo patrio. Carlos y Humberto subirían al carro en el estábamos Néstor y yo y nos retiraríamos por la ruta que solo nosotros los alajuelenses conocíamos. Saliendo hacía San Antonio de Belén hasta Puente de Mulas donde nos esperaría el trasbordo. El otro carro llevando al resto del comando iría hasta Barba pasando por Santa Bárbara. Ahí cambiarían de vehículo. Ese era el plan. Plan que se fue cumpliendo sin tropiezos, hasta que se produjo lo inesperado.
VI

He salido a caminar, hacerlo permite tomarse un respiro y ejercitar no solo los músculos sino tambien la memoria.

Aquí estoy de vuelta conciente de que estamos entrando en un momento crucial. Sabedor sin duda de que entre los que lean estas letras habrá quienes lo hagan con simpatía y comprensión y quienes lo hagan en medio de reproches y condenas. Somos concientes de que hay en algunos heridas no cicatrizadas y que estan los que reaccionan con base a estereotipos y prejuicios. Esto no nos desviará del propósito inicial. Llevar luz, la que nos consta y que podamos, a un acontecimiento de importancia.

La mente humana es muy compleja y las conductas responden muchas veces a las confusiones y desvaríos de esa mente. Achacamos a esta realidad difícil de medir y de prever lo que terminó dando al traste con todo lo planificado.

Al entrar, Fabián- El Corzo- debía, ágil como era, saltar hacía la pequeña oficina de la oficialía de guardía y encañonando al sargento Jiménez, al que esa noche correspondía la tarea, conminarlo a mantener la calma asegurándole que nada le sucedería. Pomares, que vendría detrás, ayudaría a la neutralización. Pero eso no fue lo que hizo El Corzo, que entró apuntando al sargento sin decir nada, este asustado y sorprendido retrocedió hacía la oficina y abrió la gaveta donde estaba el revólver 38 de reglamento, única arma que había en la cárcel. El Corzo, rudo campesino del norte de Nicaragua, veterano guerrillero, habiendo participado en muchos enfrentamientos con la guardia somocista, empezó a disparar su pistola de 9mm hiriendo a Jiménez y al puerta Oconitrillo y a su compañero Rufo y a Humberto que M3 al ristre entraba. La tensión acumulada, la falta de control, sus limitaciones. No es fácil explicarse el por qué hizo lo que hizo, que no solo comprometía todo el operativo sino que regaba sangre innecesaria.

Me atrevo a afirmar que esto fue lo que sucedió, puesto que sin estar dentro de la cárcel donde se dieron estos hechos, si conversé posteriormente con los que si estuvieron ahí.

Carlos Fonseca salió por su cuenta en medio del tiroteo y apenas pudo evitar que Humberto, mal herido de dos disparos, uno en el pecho y otro en la espalda, cayera al suelo. Nosotros que esperábamos afuera, sorprendidos por los tiros lo vimos salir arrastrando a Ortega y montándose en el carro de Plutarco que era el que estaba en la puerta, le indicó iniciar la fuga. Carlos no conocía los pormenores del plan y por tanto no sabía que su carro no era el de Plutarco, ni tampoco entendía muy bien que era lo que estaba pasando. Lo mismo que nos sucedía a nosotros. Que en medio de la ofuscación llegamos a pensar que aquello había sido una emboscada.

La explicación que yo le he dado a lo acontecido es que se cometió un grueso error al asignar la tarea de neutralización del oficial de guardia al hombre equivocado. Se mal entendió que lo que se trataba de llevar a buen puerto era un asalto a una cárcel costarricense, casi desguarnecida. Se creyó que se estaba en Nicaragua, donde las cosas se resolvían a sangre y fuego. Humberto Ortega que estuvo al mando y definió el papel de cada quien se equivocó. Quiso asegurar el operativo sin una compresión o compenetración justa de cuál era el escenario. Contaba con gente de cierto nivel cultural, con mayor capacidad de actuar con solvencia. Roque era un poeta y estudiante, Vázquez un economista, cualquiera de ellos podría haber entendido bien la importancia capital, tanto operativa como política, de actuar con control y parsimonia. El Corzo no.

VII

El intento que hicimos por alcanzar el carro de Plutarco y corregir el error, pasando a Fonseca y a Humberto al nuestro, fue infructuoso. A la salida de Alajuela, carretera a Santa Bárbara, desistimos y nos fuimos sin problemas por la ruta de retirada que correspondía, hacía San Antonio de Belén y Puente de Mulas.

En Alajuela mientras tanto aquello era un perfecto caos. En la Comandancia de Plaza, alertados por vecinos del tiroteo en la cárcel, no sabían como reaccionar. La única patrulla que estaba disponible se acercó, pero no mucho. El puerta Oconitrillo, herido en un hombro, llegó por sus propios pies al hospital. El sargento Jiménez había muerto de un disparo en el hígado. El otro guardia, Arguedas, custodio de Carlos se había escondido en la misma celda que ocupaba hasta hacía unos minutos Fonseca. En el Parque Central, el guardia de ronda, Alpízar, que se había enfrentado a Julián Roque que huía, yacía herido de un balazo en un pie.
Por el lado de los sandinistas, Pomares y El Corzo, buscaban alejarse llevando a Rufo Marín mal herido.
Cuarenta y cinco minutos despues en Tibás las patrullas interceptaron el carro en que Plutarco buscaba, por orden de Carlos Fonseca, llegar a un hospital porque Humberto desangrado se moría. El operativo de liberación del líder sandinista se había saldado con un desastre. No solo el objetivo no se alcanzó, sino que lo ocurrido trajo seria indignación nacional y gran desprestigio a la causa sandinista.
Los riesgos eran esos. La escrupulosa planificación pretendía minimizarlos, pero su ejecución fue aparatosamente equivocada. La inexperiencia y falta de madurez del mando produjo el resultado no buscado.
Carlos Fonseca fue recapturado, Humberto Ortega mal herido y mal atendido se encontraba en grave estado, Rufo Marín también herido. El resto del comando preso o en desbandada.
Lo que si caminó como previsto fue la captura del avión de LACSA. Operativo que buscaba desviar la atención y hacer creer que Carlos Fonseca estaría viajando a Cuba. En ella participaron varios costarricenses y dos chilenos, uno de ellos alto y de ojos claros que sería el que se pretendía pasar por Fonseca.
Aquella triste noche se dieron muchas cosas extraordinarias que pasaremos a contar.

VIII

Julián Roque era un jóven poeta nicaragüense, uno de los muchos jóvenes valiosos que se sumó con toda convicción a esa lucha frontal y desigual contra la tiranía. En ella perdería la vida.

La noche de los hechos que hemos venido narrando, su misión era cubrir el callejón que comunica la Calle Real , avenida que pasa al frente de la cárcel, y el Parque Central de Alajuela.

En la confusión resultante del inesperado tiroteo, Julián quedó desprendido del resto de sus compañeros. No conocía la ciudad y resolvió entonces alejarse de la cárcel corriendo hacía el sur, hacía el parque. Ahí se topó de frente con el guardia civil Alpízar que hacía su ronda de vigilancia en el parque y que revólver en mano, creyendo que se trataba de un intento de fuga de los reos comunes, acudía a prestar ayuda. Julián llevaba una metralleta M3 de 45mm. Conminó al guardia a no entorpecer su fuga. Alpízar disparó su revólver y Julián le contestó con una ráfaja a los pies, más buscando asustarlo que herirlo, uno de los tiros impactó un dedo del pie derecho de Alpízar que cayó. En su cuento, posteriormente, Alpízar asegura que hirió al fugitivo, pero no fue así.
Los trasnochadores que estaban en el parque, asustados por los tiros , se dispersaron buscando sus casas. Julián sin saber que rumbo coger corrió tras uno de ellos. Así llegó al barrio del Arroyo con la metralleta bajo su chaqueta. Vió en la calle un jeep con placa con los colores costarricenses, que decía Ministro de Agricultura, y pensó: aquí está mi salvación. Tocó la puerta de la casa frente a la que estaba estacionado el jeep. Salió la señora Domián, esposa de Guillermo Yglesias, Ministro de Agricultura, a la que una amiga había llamado avisando del tiroteo. Julián le pidió, de buena forma, así se lo contó ella a mi mamá que era su amiga, las llaves del jeep. La señora sorprendida, sin que mediaran preguntas, se las entregó. Con las llaves ya en sus manos, Julián recordó que él no sabía manejar y entonces se las devolvió a la sorprendida señora con un “muchas gracias, perdone”. Continuó su carrera, se deshizo de la metralleta en un lote baldio y terminó llegando a pie a las 5 de la mañana a Santa Bárbara, donde abordó una cazadora que lo llevó a San José.

IX

Germán Pomares, jugador de beisbol de El Viejo, y conocido como El Danto, también había ingresado a las filas de la oposición armada a Somoza. Fueron él y El Corzo los que sacaron de la cárcel a Rufo Marín, que mal herido no podía tenerse en pie. Tampoco ellos conocían la ciudad y al llegar a la altura de lo que era la biblioteca, ubicada diagonal al Parque Central, donde hoy está la estatua de Tomás Guardia, optaron por dejarlo ahí, esperando que los guardias de la patrulla que había pasado veloz los vieran, regresaran y le dieran atención. Por lo menos así lo explicó Pomares, quién se destacó en la insurrección y cayó combatiendo al frente de una columna guerrillera. Fabián- el Corzo- y Rufo Marín, que convaleció en el hospital de Alajuela, tampoco sobrevivieron a la guerra.
En su apremió para salir de Alajuela, se acercaron a un taxista que con el  radio a todo volumen, escuchaba las noticias. Pomares le puso la pistola en la sien y le ordenó llevarlos a San José. El taxista, ofendido, les contestó que él a la fuerza no llevaba a nadie a ninguna parte. La lección fue aprendida, recordaron que esto era Costa Rica, y al siguiente taxista que abordaron, le dijeron “por favor”. Así lograron escapar.
Estas anécdotas, que oí de boca de los protagonistas, las cuento porque, más que entretenernos, lo que nunca puede ser mi intención ante hechos tan graves y dolorosos, son un claro reflejo de la improvisación y la falta de experiencia y madurez que cobijan toda la operación.
Destacar este hecho objetivo no tiene por intención culpar a nadie de lo sucedido. Las orientaciones políticas de Carlos Fonseca que nosotros plenamente compartíamos en cuanto a la imperiosa necesidad de evitar excesiva violencia y derramamiento de sangre, fueron tomadas en cuenta pero sin la compenetración debida. Por eso los más fojeados en la guerra, los duros, al frente, por eso las innecesarias armas largas.

Humberto Ortega a sus 25 años no tenía mayor experiencia, e hizo lo que consideró conveniente. Se equivocó, nunca supo diferenciar los escenarios. Nosotros que nos habíamos puesto a sus órdenes no podemos evadir nuestra propia responsabilidad. Confiamos en la capacidad operativa y política de una fuerza guerrillera diezmada y falta de madurez, y seguro que no insistimos lo suficiente sobre las particularidades nacionales, tan diferentes a las que se vivían en una Nicaragua ensangrentada, donde caía gente todos los días.

X

La acción fracasada trajo muchas y muy negativas consecuencias. Carlos Fonseca fue confinado junto a sus compañeros capturados en la Penitenciaría Central en condiciones deplorables. A Humberto Ortega, que logró sobrevivir a sus heridas que le afectaban ambos brazos, se le negó la atención de rehabilitación que los médicos recomendaban, Rufo Marín aún convaleciente pasó
directamente del hospital a las condiciones insalubres de ese penal. Plutarco Hernández el único costarricense al que se le pudo probar impliaciones directas en lo sucedido recibió un trato degradante, que incluyó el paso por el pabellón de aislamiento. Pabellón en el que yo
estuve confinado quince días. Tanto a Plutarco como a mi se nos hizo la prueba de la parafina demostrando que no habíamos disparado un arma. La falta de pruebas en mi caso llevó al juez Balma a ordenar mi liberación. Otros vecinos de Alajuela fueron encarcelados e interrogados sin que se les pudiera probar ninguna implicación.

El uso que el gobierno y la prensa hicieron de la muerte del sargento Jiménez y las heridas sufridas por los guardias Oconitrillo y Alpízar, no fue de niguna manera en concordancia con la falta de atención a ellos y sus familias que rápidamente cayeron en el olvido y el abandono. El Guardia Civil Arguedas, el que cuidaba la celda de Fonseca y se refugió en ella durante el tiroteo, fue dado de baja acusado de cobardía.

El país, mal informado por una prensa ya de por si muy hostil al sandinismo, estaba indignado. Visité las oficinas del periódico La Hora, que era el libelo sensacionalista por excelencia, para pedirle a su director Julio Suñol, a quien conocía por haber militado con él en el efímero partido progresista que jefeó Enrique Obregón, mayor objetividad en la presentación que hacía de lo acontecido. Con grandes letras se había presentado a los lectores el asalto a la cárcel como una masacre cometida por un grupo de desalmados sedientos de sangre. Le pedí a Suñol rectificar dándole pormenores y detalles que permitieran entender lo realmente ocurrido. Para darle fuerza a mi alegato reconocí que yo había estado ahí, que además había hablado con los participantes y leído con detenimiento las declaraciones y los expedientes. Los catorce tiros disparados con saña contra Jiménez, eran una falsedad que tenía por intención presentar a los sandinistas como vulgares sicópatas asesinos. La verdad de los hechos fue que el sargento murió como consecuencia de una bala que le afectó el hígado y que su otra única herida la tenía en una de sus manos. Le insistí sobre la orientación de Fonseca de evitar a toda costa
que hubiera exceso de violencia y que se derramara sangre. Le dí los datos y antecedentes que llevaban a concluir que el gobierno de Trejos Fernández colaboraba estrechamente con el de Somoza, lo que había llenado de temores a los sandinistas sobre la suerte que podría correr su principal dirigente, encarcelado y acusado de un delito que no había cometido. Busqué hacer conciencia en Suñol de lo que sucedía en Nicaragua donde la represión brutal del régimen cobraba vidas de jóvenes todos los días, sin que aquí la prensa nada dijera. Fue inútil. Julio Suñol rechazó mis peticiones y alegatos, y reconociendo que el periódico que él dirigía exageraba, lo justificó afirmando: “esos hijueputas nicas son una plaga”.

XI

El aislamiento político de los sandinistas en Costa Rica fue total. A los costarricenses que les brindábamos apoyo se nos tachó de traidores y terroristas. Incluso en las filas de la izquierda las descalificaciones e incluso las burlas afloraron. El partido de los comunistas costarricenses, el Vanguardia Popular, participó del linchamiento político. Ese partido pugnaba por lograr que el artículo 98 de la constitución que los proscribía fuera anulado. Loable y justo empeño. El creer que todo lo que sucedía o pudiera suceder estaba en función de ellos, y que no se movía una hoja que no fuera porque detrás estuviera la mano de la todopoderosa y omnipresente CIA, los llevó al pecado del “ombligismo”, y a no entender que había circunstancias que se escapaban a ese esquema y que también surgían nuevos actores.
Para los sandinistas y sus planes de reactivar la lucha en Nicaragua aquello fue un revés muy importante. Perdían a su dirigente principal, ahora con una larga condena por delante. Ya otros expulsados de Costa Rica vagaban por el mundo buscando reconectarse.
Las posibilidades de apoyos en Costa Rica se reducían a un pequeño grupo de fieles.
Tenían que suceder algunas cosas para que la luz, aunque tenue, se avisorará. Una de ellas fue la victoria electoral de José Figueres que cambió en Costa Rica las cosas. Ya no era el gobierno costarricense amigo de Somoza. Ya se abrieron canales de comunicación. Cercanos a figuras del nuevo gobierno había gentes que simpatizaban con la lucha sandinista. Esto permitió que aprovechando la ausencia del presidente Figueres, que así salvaba cara, el presidente en ejercicio Aguilar Bonilla, accediera a liberar a los sandinistas presos bajo la presión de un nuevo avión de LACSA desviado a Cuba. En esta operación, jefeada por el tico-nica Carlos Agüero Echeverría, participaron otros costarricenses.
Carlos Fonseca, Humberto Ortega, Plutarco Hernández y Rufo Marín pasaron por México en su viaje al refugio cubano. No fue sino hasta entonces que Ortega recibió atención médica adecuada, que le permitió salvar sus manos.
Se saldaba así un hecho doloroso y traúmatico que podría no haberse producido. La responsabilidad principal de que sucediera , es mi convicción, descansa en la colaboración abierta y estrecha del gobierno de Trejos Fernández con el tirano Somoza, lo que desencadenó los acontecimientos.
Posteriormente, y ya habiendo derrotado al somocismo, al costo de muchas vidas, entre las que estuvieron no pocos de los participantes del asalto a la cárcel de Alajuela, y del mismo Carlos Fonseca que cayó combatiendo en la montaña, los sandinistas por medio de Humberto Ortega, para entonces general y jefe del ejército, buscaron resarcir el daño hecho indemnizando a las familias costarricenses afectadas.

 

Sergio Erick Ardón Ramírez

Alajuela, Costa Rica 

febrero 2017

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Julia Ardón