Close

Don Arnoldo Herrera

por Camila Schumacher

“Los poetas son todos mentirosos”, me dijo Arnoldo Herrera la primera vez que me dirigió la palabra. “A ellos, ni Platón los quiso en su república”, agregó mientras me daba la bienvenida a su colegio. Y yo, que entonces tenía 12 años, había escrito tres poemas y dicho tres mil mentiras, no pude más que darle la razón y sentirme, en seguida, bien hallada en el Conservatorio de Castella.

Era marzo y el Barreal de Heredia no estaba encharcado. Era más bien un terregal por el que don Arnoldo guiaba a los doscientos debutantes de ese año sin reparar en todos los vidrios, pupitres, goteras y puertas que hacía falta reparar.

Rodeado de chicos era fácil que se viera grande y a mí que había crecido sin abuelos me pareció viejísimo: la panza se le escapaba de la faja y las mechas de la gomina. Dirigía el colegio con tantos aspavientos como antes había dirigido a la Sinfónica.

El Castella fue el primer colegio de educación especial que hubo en el país, (el Centeno Güell inauguró sus aulas cinco años después), y, en 1990, cuando lo conocí tenía casi cuarenta años de funcionar y una inmensa lista de artistas entre sus ex alumnos.

Ellos, como yo y como todos los que vinieron después, tuvieron adecuación
curricular: nada de química y física (ni siquiera educación física) y muy poca
matemática; inglés apenas, italiano para intentar entender a Dante y a Puccini. Eso sí, para compensar mucha música, danza, teatro, artes plásticas, literatura y tiempo para creer, crear, crecer. Tiempo perder el tiempo que no es lo mismo pero es igual.

“Aquí, cada niño encuentra pan a la medida de su hambre”, defendía don Arnoldo su idea de que el programa educativo debía adaptarse al estudiante, y no al revés: “Hay que despertar en los niños un interés vivo por las artes, para que estas pasen a formar parte integral de su vida. No queremos en ningún momento crear rígidos sistemas donde el alumno se convierta en un maniquí humano, sino más bien fomentar en él una personalidad libre y extrovertida. Creemos como Manuel de Falla que el arte se aprende, no se enseña; que la inteligencia no debe ser más que un auxiliar del instinto,
debe servir a aquella para encauzar a este, para darle forma, para domarlo, pero nunca para destruirlo, pese a cuantos dogmas llenen los libros pedagógicos”.

El proyecto atípico de Herrera, disparatado, según muchos una “escuela de cantadera y bailadera”, arrancó con 35 estudiantes, ¢ 100.000 de patrimonio y el apoyo absoluto e incondicional de Pepe Figueres, el presidente, y Uladislao Gámez, ministro de educación.

Y es que a don Arnoldo no le gustaban las medias tintas ni el vino tinto. Se había acostumbrado a disfrutar de los tragos amargos. La rabia se le mezclaba a menudo con la rabieta. Oía música sacra de todos los estilos: de Mozart a Agustín Lara, pasando por Vivaldi y Mangoré. Nunca fue sosegado, ni triste ni capaz de estar ocioso más de cinco minutos. Por eso, se había casado dos veces y tenido casi una decena de hijos. Por eso, se empecinó en sostener esa empresa quijotesca y tan poco lucrativa.

La mayoría de los alumnos, incluso quienes habíamos crecido sin adorar a ningún dios nos convertíamos, nomás conocerlo, en sus acólitos. El Castella es, aun hoy, el más religioso de los colegios que existe en el país y resistirse a la conversion es vano, quien lo hace se queda sin matrícula para el año siguiente.

Más que del estado, el Castella siempre fue de don Arnoldo y los alumnos, como si lo fuéramos. Por eso, a principios de junio sacábamos de la mesada o pedíamos extra para participar en la colecta con la que le compraban su regalo de cumpleaños. El 6 de junio, la banda del colegio lo iba a buscar a la puerta de su casa y lo escoltaba hasta el anfiteatro. Ese día era obligado, además, estrenar ropa, subirse al escenario, aplaudir y recibir aplausos. En el comedor, en vez de los masarrones de siempre repartían arroz con pollo y de postre había helado, baile con discomovil y, si la suerte alcanzaba, algún beso apurado detrás del gimnasio con forma de mantequillera.

Después, todo volvía a la anormalidad de siempre. Sin timbres, cada quien decidía cuando estudiar, ensayar y apear jocotes. Don Arnoldo, que conocía millones de artistas, daba fe de que todos los malos son fiebres y no se horrorizaba si a alguien se le alargaba el recreo: “No hacen falta campanas porque ni en nuestra vida ni en nuestra casa hay campanas que nos digan constantemente qué debemos hacer y qué no. Debemos aprender nosotros mismos a disciplinarnos y a cumplir límites”, enseñaba este maestro que nunca tuvo ningún título.

Don Arnoldo se murió en 1996 y su tumba en el cementerio de San Antonio de Belén estuvo desde siempre más vacía que las otras. Su corazón se quedó en el Castella. No se trata de una metáfora cursi sino de su último deseo con el que burló las leyes y convenció algún médico de profanar su cadaver y a sus miles de fieles de que enterrar vísceras era un acto más que mórbido, romático.

Don Arnoldo se murió hace 21 años y yo que lo echo de menos sigo mintiendo incluso cuando digo que ya no escribo poesía.

About the Author

Julia Ardón