Close

Tía Tina

Por Sergio Erick Ardón Ramírez

 

Cristina Ramírez Víquez, casada con Dolores Morera,( Lolo), vivía en una casa de madera, bien pintada, donde se acaba Río Segundo y comienza El Cacique. Difícimente haya existido en el mundo una mujer tan acogedora. Imnumerables domingos llegamos a esa casa, la de Lolo y Tina, a pasar la tarde y a tomar café. Alice, Sabino y Cecilia fueron nuestros primos de Río Segundo. Teníamos muchos más, pero más lejos. Los Ramírez siempre fuimos gente fértil y enamorada y los güilas abundaban. Mamá y Tina compaginaban muy bien, nunca en los muchos años que me tocó ser testigo, la menor desaveniencia entre estas dos hermanas. Lolo con su voz pausada y sus cuentos aleccionadores nos entretenía en el pequeño corredor, frente al palo de grandes y jugosos nances, que siempre tenía.

Lo de la incansable Tina era la cocina, era su reino, envuelta en sus limpísimos delantales, ahí se sentía a gusto. Por lo menos era lo que parecía. Quién quisiera hablar con ella, y oír su voz ronqueta, tenía que sentarse a verla trabajar en un taburete de la cocina. Eso era lo que mamá hacía. Pero había un día al año en el que Tina brillaba más que un sol. El esperado por todos, el día en que a la casa de Tina y de Lolo no había quien quisiera faltar. Era el día del Apóstol Santiago patrono de Río Segundo, al terminar el mes de Julio, en plena canícula. Desde horas muy tempranas, los Ramírez, vinieran de donde vinieran comenzaban a llegar. Era el lugar del encuentro anual. Si faltaban algunos eran pocos. Hasta mi abuelo Tobías que no había quién lo sacara de su enclaustramiento en Calle Víquez, en más de una ocasión lo vi llegar. 


La comilona era de antología, lo que corresponde en las casas de campo de la gente acomodada en estas fechas: picadillo de fiesta, pollo sudado, ensalada rusa, torta de arroz, entre otras delicias, y el platillo principal, lomo relleno, y es que el de Tina no tenía igual. Eso decía todo el mundo, de esto yo poco sabía, porque lo mio eran los nances. Todo el día, entre aquel tropel de gentes que entraban y salían, Tina iba y venía, con sus ojitos vivaces, saludando, siempre ofreciendo, siempre sonriente. Mamá comentaba que no entendía como aquella mujer delgadita, un poco corcuncha, de canillas flacas, podía aguantar tanto. Y es que sin límite de continuidad al almuerzo seguía el café, pan casero, empanadas de piña, rosquillas, bizcochos. Todo preparado por Tina para ofrecer a los suyos y a todo aquel que llegara. Porque siempre aparecían gentes que no eran de los que yo conocía. No había quién quedara sin saciarse. Hasta los payasos, diablo y gigantona incluidos, que pasaban entre músicas de cimarronas al mediodía recibían sus gallitos de picadillo, y supongo que también de lomo, porque Tina y Lolo no escatimaban.


Esas fiestas de Santiago eran las más esperadas y las más queridas, recordarlas es muy lindo. Y Tía Tina era, sin ninguna discusión, el alma de ellas.

About the Author

Julia Ardón