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¿No hay sanación, heroísmo ni recompensa sin sacrificio y dolor?

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Nuestra tradición cultural judeo cristiana exalta el sufrimiento y el dolor. Nos ha enseñado que es solamente con el sacrificio que se pueden conseguir cosas buenas.  Los actos de heroísmo que se nos presentan como ejemplares son los que parten del martirilogio, la renuncia, la tortura, incluso la autoflagelación. No hay héroe ni santo que no haya pasado por su calvario.

De esta manera lo religioso ha terminado permeando lo histórico y lo político y muchas de las percepciones que tenemos sobre asuntos sociales o personales como los procesos educativos, de investigación científica, de creación artística, profesionales, de sanación y salud.

La imaginería religiosa exalta al Cristo crucificado, el torturado y sangrante que lleva la cruz a cuestas, el que es víctima de los latigazos, la madre María que llora ante la cruz. La Cruz,  un instrumento de tortura para hacer morir, despacio, desangrándose y con dolor a los acusados de cometer delitos es nuestro máximo símbolo de santidad. Eso nos ha marcado. Ni siquiera tenemos que ser personas religiosas para haber asimilado esa ideología de exaltación del sufrimiento. Es la norma. Lo más común y poco lo cuestionamos.

Por otra parte, resulta que la alegría, el gozo, la tranquilidad, la serenidad, el espíritu positivo u optimista no son bien vistos. Se asocian con “tontería”, “frivolidad” y “ligereza”.

Se nos ha repetido hasta la saciedad que para llegar a alcanzar una meta tenés que sufrir. Es requisito esencial. El sufrimiento es requisito para alcanzar tus sueños.

“La risa abunda en la boca de los tontos”, “para ser bella hay que sufrir”, coreamos por los siglos de los siglos. Si buscamos reconocimiento, aceptación o admiración  ponemos cara seria para ser personas serias y respetables, fruncimos el seño, nos preocupamos, nos enojamos, vociferamos, lloramos, nos victimizamos, incluso exageramos  nuestros propios dolores, sacrificios,  tristezas o situaciones complicadas.   Todo lo dramatizamos. Caso contrario: hacemos esfuerzo para no reírnos ni aceptar que lo más ansiado lo logramos sin mucho esfuerzo, se nos hizo fácil, llegó sin avisar, Cuando sucede lo atribuimos con modestia a “un golpe de suerte”. Porque reírnos mucho, disfrutar el camino, lograr algo gozándolo y sin esfuerzo es de laxos, de vagas, de irresponsables.  A través de ese colador pasa nuestra percepción de muchos asuntos la mayor parte del tiempo.

Pero…¿Es lo correcto? ¿Siempre debería ser así?

Sería tan bonito que el valor de atreverse a reír, gozar, estar alegre mientras intentamos alcanzar un objetivo fuera mejor calificado. No toda ruta ni método que te lleve a tus metas tiene por qué estar plagado de tragedia y drama. Se puede gozar el camino. Si rompemos este paradigma absurdo quizá lograríamos ser mejores personas, tener familias más felices, espacios de trabajo y estudio más agradables, un entorno más armonioso, mientras pasa la vida, que se trata de eso, sin más, de vivirla.

Digo yo…

No sé quién hizo la escultura del Jesucristo “Pura Vida” ni sé dónde está, pero me encanta.

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Julia Ardón