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“Ni chicha ni limoná”

 

Me ha pasado con dos queridos amigos de Centroamérica. Uno de Honduras, y otro de Nicaragua.
Gente creativa, pacifista de corazón, con mucho camino y elaboración interna y espiritual por los caminos de la paz…esa que nace honesta desde lo más profundo, esa a la que la compasión le sale fluida y natural, la empatía, el respeto.  Gente que cree en la alegría y la manifiesta, que conoce del Amor con mayúscula.

Se tuvieron que enfrentar a dos situaciones políticas tremendas en sus países. El primero, el golpe de Estado que sacó en pijamas del país y del poder a Manuel Zelaya y ahora las protestas recientes contra el régimen de Ortega y su Vicepresidenta Murillo. Ambos, creyendo firmemente en que sus países merecen gobiernos respetuosos de los Derechos Humanos, que nadie debe ser perseguido por sus ideas, que la justicia social y la decencia son anhelos fundamentales de sus pueblos, no pudieron, por sus convicciones; sumarse a las voces que desde la beligerancia se levantaban contra los grupos que les adversaban. Se quedaron en el medio solos y desnudos.

Condenar lo incorrecto, pues claro.
Trabajar por lo sensato, lo que produzca mayor democracia, paz y libertad, por supuesto, pero ¿desde qué lugar?

Cuando se dan conflictos tan polarizados y tremendos, lo más fácil siempre ha sido sumarse a uno de los bandos en disputa y condenar y pedir sangre para el opositor. Así ha operado la política en muchas partes y es lo usual. Las muertes se vengan con más muerte, la sangre con más sangre, la violencia con más violencia. En la acera de enfrente está el enemigo, y toda la furia hay que encauzarla contra él.

Es que yo no puedo sumarme a un pleito de machetes, no puedo con eso, eso no le hace bien a mi país, me decía el hondureño. El me retrataba la situación post golpe como un pleito donde dos compatriotas armados con machetes se querían descabezar uno al otro, y él era compelido a sumarse a uno de los dos en su afán destructor, si no, era traidor, cobarde, “maricón”, en fin: “ni chicha ni limoná”…el me decía “Yo quiero el tercer camino, el más difícil, el de la paz, pero estoy muy solo con mi convicción”.

Ahora me ha tocado escuchar de primera mano una situación similar con un querido amigo que sin ser “orteguista” tampoco se había involucrado nunca en ninguna manifestación política antiorteguista, y que movido por la represión y muerte de la que fue objeto su pueblo de parte del gobierno de los Ortega Murillo, se aprestó a “tomar partido” e involucrarse en las manifestaciones. Lo triste es que por ser conocido fue de inmediato visto con suspicacia, con recelo y con sospecha. “Y este? por qué aquí? qué anda haciendo aquí? Este de dónde si nunca se ha involucrado?” Y fue maltratado, acosado y perseguido por el bando al que se quería sumar en su afán de justicia y paz. Horrible. Horrible. Vino a Costa Rica por dos días para buscar su constancia de nacimiento (acá nació) y tener sus papeles al día para poder viajar en cualquier momento.

Cuando se divide el mundo en bandos así de maníqueos es muy difícil para la gente que cree en la paz, esa de verdad, la que nace de adentro, involucrarse….a menos que tenga a su lado a mucha gente igual, mucha gente con esa consciencia.

Yo le decía…putis..¿tenés cerca a gente que piensa como vos allá en Nicaragua? Y me decía “muy poquitos”. Está triste. Muy triste. Por eso quiere irse de su país, un país que me dice ya no le gusta. Dejar todos sus afectos y proyectos, dejar la tierra y la cultura por la que ha trabajado tanto y de la que se ha sentido orgulloso durante toda su vida.

Yo lo escucho con mi corazón hecho un puño. No sé ni qué decirle. Comparto con él mi esperanza y alegría por lo que pasa en Costa Rica. Quiero decirle que se venga para acá, que se quede acá. Acá en cambio siento victorioso el camino de la paz, lo siento fortalecido. Estamos dando muestras de ello, pero no me atrevo. Costa Rica está demasiado cerca de Nicaragua, comprendo su dolor y el que quiera irse lejos. Acá somos mucha, mucha gente la que piensa como vos, la que sabe que la construcción de la paz, solo se puede dar desde la paz, y que nada que se construya desde el odio, la violencia, el afán de venganza, el maltrato, puede llevar a nada bueno. A mi misma me duelen los oídos y el corazón cuando veo a queridas amistades insistir en ese discursito de los malos y los buenos. No lo quiero escuchar. Me hace daño.

Por otro lado, comprendo la frustración, la ira, el enojo acumulado, la desesperación de tanta gente y sé que es normal que aflore de esa manera. Entonces lo que me nace es respetar. No puedo estar recomendando aplicar la medicina de la compasión desde la soberbia. No funciona así. La paz tiene que ser una convicción, la posibilidad del perdón tiene que venir de lo más profundo, de lo más sagrado, si no no es verdadera ni real.

Cada vez que alguien reclama a otra persona con ese cuentito repetido de que usted no es ná, “ni chicha ni limoná”, me duele tanto. La canción chilena tiene su origen en un tiempo donde no habíamos descubierto que ante los antagonismos del mundo binario había otras posibilidades. Siento desface y desactualización. Siento eso anticuado. Superado. Pero igual tengo que respetar, hacer silencio. Entender que cada quien vive sus procesos como pueda, y que tanto las gentes como los pueblos tienen que aprender a madurar por si mismos de acuerdo a sus particulares circunstancias. Nada te construye más que lo que te toca vivir. Nada.

Centroamérica está herida.
Sigue herida.
Y somos parte de ella.
No lo olvidemos.

Acá también muchas personas no han podido salirse de esa visión de mundo que no integra “al otro” ni “a la otra”. Que ve como enemigo a todo aquel que haya tenido otro camino, viene de otra partes, no se le acomoda a su angosta mirada. Y con eso tenemos que aprender a lidiar y tener paciencia, pero al mismo tiempo andar muy despiertas, muy despabilados, para no resbalarnos por esos caminos que de trillados, ya son profundos y no nos dejan ver el horizonte, solo las paredes oscuras de la propia caverna en que se han convertido.

Necesitamos luz, focos, fosforitos, candelas, lo que sea, mantenerlos encendidos, y darnos muchos, muchos abrazos.

En la foto Carolina Hidalgo, diputada del PAC y nueva presidenta legislativa e Ivonne Acuña, diputada del Partido Restauración Nacional – contrincantes acérrimos en la pasada contienda electoral- hoy compañeras de directorio, se abrazan.

Amé la imagen.
Es del Semanario Universidad. Fue tomada ayer, durante la primera sesión de la legislatura 2018-2022. En esta Costa Rica que cumplirá pronto 200 años de ser República.

 

 

Alajuela, Costa Rica, mayo 2 de 2018

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Julia Ardón