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La venganza de las dulces carnes

por Julia Ardón

Cuando -desde la misoginia que empequeñece a algunos- se pretende descalificar a una mujer por ser gorda (como si la cualidad del “grosor” de nuestra cintura nos definiera como deseables o valiosas) …a una solo le queda la venganza de levantar la frente, sacar a asolear los pechos y menear la cola de sirena. ¡Oh babosadas!

Ya sabemos que hay tritones preciosos que saben gozar la delicia de nuestras carnes y darnos lo que merecemos, seamos como seamos, o estemos como estemos. Ellos también saben lo que somos capaces de dar y recibirán abundancia de placeres a cambio. Dispuestas hemos estado siempre a darles la bienvenida con sus dolores a cuestas, jóvenes o viejos, sus miedos, sus panzas, sus calvas, sus heridas, sus depres, sus carencias, sus patas flacas, sus culos gordos o menguados, sus furores, sus partes pequeñas o grandotas, sus pelos en las orejas y las nalgas, su extraordinario catálogo de minusvalías…porque nosotras, en general; no discriminamos, somos más democráticas.

(En todo caso ya sabemos que todo en la vida, menos la estupidez, es temporal).

A la vida vinimos a gozar y a amar. Y para ello todas, las flacas, las gordas, las pequeñas, las jóvenes, las viejas, las bajas, las altas, las negras, las mestizas, las blancas, las crespas y las lacias, las pochotonas, las tetonas y las planas, las menuditas, las hermosas y las no tanto, estamos que rebozamos de delicia, belleza y capacidad para dar y recibir amores y placeres.

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Julia Ardón