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La construcción de la “feminidad” personal

 

Ni a Lucía ni a mi nos pusieron aretitos cuando nacimos. Ni mi papá ni mi mamá consideraron correcto hacerlo sin nuestro consentimiento. Nos dejaron crecer para que lo decidiéramos por nosotras mismas. Claro…yo me moría por tener las orejas abiertas desde chiquitita….y lo logré cuando tenía como doce, que le pedí a mi abuela me llevara donde Deyanira ( una enfermera célebre de Alajuela) a que me las abriera. Ella me compró mis primeros aretes. Quería entrar al colegio con aretes. Era una gran ilusión.
No sé qué pasó con Inti. La infancia de Inti a mi se me disdibuja mucho. Estuve muy ausente de ella. Le llevaba 10 años. Ella y Camilo, después de la muerte de nuestra hermana Ligia que abrió un tajo en la historia de la familia, fueron como “la segunda camada”.

Nana ( mi abuela paterna) fue quien me abrió las puertas de la vanidad, la coquetería, esa “feminidad” del lazo, el tacón, el maquillaje y el encaje…sentía absoluta fascinación por ella y su manera de arreglarse, las cosas que tenía, sus perfumes, cremas y joyas, sus armarios llenos de tesoros…

Fue Nana quien me compró también mi primera “barbie”…una en homenaje a Twiggi, modelo famosa en entre los sesenta y setenta. La segunda también ella me la compró y era otra en homenaje a “Julia”,la enfermera negra que interpretaba Diane Caroll en una serie de televisión. Esas dos “barbies” las tuve por años. Me fascinaba hacerles ropa. Con mi abuela andaba de costurera en costurera buscando sobritos de tela que me llevaba para la casa para coserles los modelos que yo misma inventaba. Eran “barbies” peculiares. Una flaquita de pelo corto y otra voluptuosa como la barbie original pero negra y con un pequeño peinado corto negro. (En la foto, las mismas, con los mismos vestidos y todo)

Con la muñeca “Julia”, algo raro me pasó después. Una noche la dejé sin ropa metida en una lámpara de mi cuarto. Luego encendí la lámpara sin darme cuenta. El resultado: a la muñeca se le derritió la teta izquierda. Se le hizo un hueco.

Años después ( en 1975) a mi mamá la diagnosticaron cáncer de mama. Su pecho izquierdo. No lo he comentado mucho, pero tuve en mi adolescencia algunos pensamientos y sentimientos raros con respecto a esa “casualidad” e incluso llegué a sentir culpa de un modo extraño y misterioso. Vuelvo a recordarlo hoy no sé por qué. Con mami nunca lo comenté.

En el período de mi adolescencia y primera juventud no tuve muy buena relación con mi mamá. Estuvimos distanciadas. Fue doloroso. Nos hicimos muy desconocidas. Me costó mucho restablecer con ella una relación cómplice, amorosa, respetuosa… Fueron como sus dos últimos años en los que nos volvimos a acercar como amigas, como iguales, con respeto, mucha intimidad y complicidad. La vida me dio ese regalo, pero todavía hoy son muchas las preguntas que me quedaron sobre lo que fue y no fue posible con mami. Vivo con esa herida.

Las abuelas, tanto como las madres, para nosotras las mujeres son importantes, son referentes de lo que queremos o no queremos ser como adultas. Mi abuela Nana me regaló fantasías, la belleza, la gratitud, la dulzura, la coquetería…mi madre el ímpetu, el deseo de aventura, el ánsia de saber, preguntar, conocer, aprender, soñar, la pasión por las artes, la literatura, el interés por la política y los procesos sociales, el placer de escribir y expresarme, además de un sentimiento de dignidad en el abordaje de mi propia sexualidad. Mi abuela Julia me regaló la fuerza para aguantar, la generosidad, la sensibilidad social, el gusto por cocinar y manifestar amor a través de la cocina, además del entusiasmo por aprender.

Desde mi relación con ellas construí lo que soy como mujer en gran medida. Aparte está lo que aportaron mi padre y mis abuelos que tiene que ver con mi relación con los hombres y el mundo patriarcal. Otro tema. Denso a ratos.

Dichosa y privilegiada en gran medida si fui. Carente de muchas cosas intangibles también: una niña bastante solita, pegando mucho brinquito ansioso todo el tiempo para intentar ser vista, reconocida, amada, porque a menudo sentía que no me veían, ni reconocían ni amaban las personas que yo más amaba en el mundo. De ahí las taras…otro tema…y todo lo que soy hoy.

Bonito ponerse a pensar en esto, ya mayor.
Importante entender la propia historia para poder practicar más la compasión con las ajenas.

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Julia Ardón