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Escalerita nimia de sincronías

por Julia Ardón

 

A menudo me enojo con Anita, la gata de casa.

Resulta que tengo en el cuarto un baúl, allí coloco la ropa sucia, los bolsos que traigo de la calle y la ropa limpia pendiente de acomodar en el closet. Y a ella le encanta echarse allí.

Pero resulta que Anita es una gata peluda, y ya quienes tienen gatos saben lo que resulta de la combinación gato o gata peluda con ropa azul oscuro, café o negra. Fatal! Entonces quiero enseñarle a Anita que ahí no se debe echar. ¿ pero quién educa a una gata?

Anoche entro al cuarto a hacer mis rituales pre-dormida, que son muchos…entre más vieja se hace una, más rituales. Un día de estos voy a contarles de mis rituales al llegar a casa…los que tengo que cumplir al levantarme….Ay! qué mañosa que me he vuelto.

El caso es que tengo que colocar las almohadas de cierta forma en el respaldar de la cama de tal manera que me pueda acostar cómoda a leer. Me debe quedar la cabeza a una altura determinada, tengo que encender la lámpara de la mesa de noche y colocar la sombra viendo para arriba para que reflejada en la pared me de la luz suficiente, buscar unos anteojos de leer, limpiarlos de nuevo, porque siempre se empolvan…y bueno, Anita echadota encima del baúl mientras yo hacía todo eso.

A punto estaba de agarrarla con sigilo antes de que se me metiera debajo de la cama y que no me pueda acostar porque no me gusta dormir con la gata en el cuarto. Lo primero que hará es trepárseme a la cama y no me gustan los animales en mi cama. Yo los quiero y todo, pero mi espacio es mi espacio y no contempla pelos de fauna alguna. No me gusta eso. Y Anita es peluda ¿ ya les conté?

Bueno…me le quedo viendo y pienso ¿ por qué le gustará tanto ese baúl? ¿ qué es lo que tiene? Y como sé que los gatos limpian energía negativa y malas vibras me pongo a pensar y se me ocurre abrir el baúl. Claro, después de sacar a Anita del mechas para afuera.

Adentro una carterita con motivos marinos…en ella tarjetitas que recibimos Víctor y yo el día de nuestra boda. Allá por los lejanos 1989. (4 de marzo, en Chubascos) .  Una de ellas, la invitación, que cuando la veo veo que qué bonita nos quedó tan sobria y sencillita. Una pequeña tarjeta blanca con letras en gris que dice escuetamente: ” Nos gustaría que nos acompañara el próximo cuatro de marzo en la celebración de nuestro matrimonio. Víctor Vega y Julia Ardón. Chubascos, Fraijanes de Alajuela. Once de la mañana” ( recuerdo que mi abuelita se enojó porque no puse Morera, bueno…otra historia) Tomo la tarjetita, se me salen las lágrimas ( amé tanto a Víctor, a ratos lo quise matar y luego me di cuenta que eso era parte del amor…bueno, cosas que una entiende ya cuando la persona se muere…) bueno, la tomo y dándole vuelta reconozco la letra de Víctor. En ella, detrás, con un pilot negro dice: ” Pa’ Julia Ardón, del gigante de los cueros. En el día de su boda. Yo” ( qué linda letra tenía Víctor) ¿ qué me regaló Víctor ese día? Pues un ramote de rosas rojas ( como 100, no les miento ) que nos esperaba en la casa al regresar de la celebración. Yo asustada y él borracho perdido.

Quienes conocieron a Víctor saber lo que le gustaba tocar tumbadoras…hasta en el Jazz Café llegó a tocar, se trepaba tímidamente en el escenario cuando hacían “Jam Sessions”, al principio. ¿ Sabían que Víctor iba a ser socio del Jazz Café? Es más…el local de San Pedro él lo consiguió y dio 100 mil colones de adelanto a la familia Martin para que no lo alquilaran a nadie más. De ahí se fue a avisarle a Carlos Sequeira y a Iván Rodríguez para que lo fueran a ver. Recuerdo a Víctor y a Iván midiendo las calles con pasos para ver qué tan lejos de la Iglesia de San Pedro estaba, por el tema de la patente.

Pero bueno, ya me desvié. Esa es otra historia también. Otro día les cuento por qué al final no fue socio.

El caso es que Víctor “el gigante de los cueros”, solo se hacía acompañar en sus arrebatos percusivos por las mejores orquestas del mundo. En la casa tenía un buen equipo de sonido. La música para él siempre fue alimento cotidiano. Entonces ponía un disco de salsa clásica y ahí se le iban las horas tocando con los “portorros”, los cubanos, los niuyorricans…los mejores del género. Sudaba y sudaba hasta que la cabeza se le mojaba de modo peculiar. A Víctor le sudaba mucho la cabeza, nunca he visto a alguien así.

Bueno…todos esos recuerdos se me vinieron anoche a la cabeza. Sus manos bailarinas morenas tocando las tumbadoras. En casa nos queda un quinto azul. Aquí está y espero que nunca nos deshagamos de él.
Más lágrimas y yo reviviendo todo esto anoche, casi a la una de la mañana. Sola.

A estas alturas ya Anita había sido despedida del cuarto ( ya les conté ¿ verdad? ) y la puerta cerrada para que no se me metiera de nuevo. Por las noches me persigue. Busca mi compañía y yo no quiero pelos antes de dormir, porque me da alergia.

Entonces me dispongo a leer el libro de Rosa Montero “La ridícula idea de no volver a verte más”

Comienzo a leer el prólogo del libro y me encuentro con un texto que reproduzco tal cual a continuación esperando no cometer ningún delito de derechos de propiedad. ¿ porque de quién es la poesía sino de quien la necesita? Eso dijo el cartero de Neruda, y yo le creo.

“Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o cuando una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible. Nunca se siente uno tan auténtico como bordeando esas fronteras biológicas: tienes una clara conciencia de estar viviendo algo muy grande.”

Me quedo impactada, porque es algo que yo siempre he dicho, pensado y repetido. Los momentos más importantes de mi vida: el nacimiento de Carlos Luis y la muerte de Víctor. Puedo agregar ahora el nacimiento de Ignacio, que presencié en un estado de verdadera epifanía. ( otro cuento)

Que Rosa Montero exprese de manera tan hermosa lo que yo siento me coloca en situación de extrema sensibilidad. Y más cuando sigue:

“Hace muchos años , el periodista Iñaki Gabilondo me dijo en una entrevista que la muerte de su primera mujer, que falleció muy joven y de cáncer, había sido muy dura, sí, pero también lo más trascendental que le había ocurrido. “

Todo eso. ¿ se dan cuenta? provocado porque la gata me estorbaba.

“No todo es horrible en la muerte” agrega Rosa.

He vivido de cerca las muertes también de mi madre, pero no estuve junto a ella cuando dejó de respirar, solamente el día anterior. Dolor tremendo a que nos obligan esas normas absurdas de los hospitales y sus horas burocráticas de visita que solamente tienen como objeto hacer más cómodo el trabajo para el personal médico pero evaden el asunto fundamental: la vida, la importancia del amor, la presencia de la gente que es importante para vos. Luego mi abuelo Alejandro. Sentí una fuerte llamada para ir a visitarlo un domingo y llegando no más me lo encontré agonizando, le di un beso, me hice a un lado para que mi abuela , su hermana Alicia y una vecina le rezaran al pie de la cama “una oración que ayuda a descansar”. El cuarto oscurito. Las tres mujeres a coro cantando el rezo. Mi abuelita en su silla de ruedas, mi tía Alicia con su infaltable vestido café y sus medias arrolladas, la vecina , y yo con Carlos Luis pequeñito como testigos de la escena, los dos, desde la puerta, para al ratito, desde el baño donde lo había llevado a orinar, escuchar “ya!” y los movimientos rápidos y algunas lágrimas. Todo con mucha paz. La otra muerte cercana, la de mi abuelo Carlos Luis, en la casa de acogida donde estaba, lo fuimos todos a ver, le dijimos palabras cariñosas, uno a uno, una a una. Recuerdo que tenían que venir Manuel y Camilo, eran los que faltaban de despedirse. Una vez que vinieron, al rato, el aviso. Pero yo estaba fuera del cuarto.

El suspiro de despedida, el último suspiro, la única y maravillosa vez que he tenido esa experiencia fue con Víctor, el hombre con el que con todo el amor del mundo tuve un hijo, mi compañero por más de catorce años, mi hermano de locuras y complicidades…tuve la dicha de estar con él cuando él murió. El viéndome a los ojos, yo viendo los suyos, acariciándole la cabeza….agarrándole fuerte las manitas lánguidas y flaquitas en que se habían convertido después de más de un año de enfermedad sus manotas hábiles, masculinas y fuertes.

Todo eso viví anoche, de madrugada.
Me llevaron de la mano la gata, el baúl, el papelito, los recuerdos, las almohadas y la fortuita selección de un libro antes de dormir.

Julia.
19 de octubre, 2014

Siempre se llora a nuestros muertos, una y otra vez, porque la vida es bella y qué dicha que les tuvimos vivos alguna vez.

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Julia Ardón