Close

Esa reclamadera que nos agarra todos los 12 de octubre

"El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos". José Martí

Todos los 12 de octubre la misma historia.

Comienza la reclamadera contra el Imperio Español que saqueó, robó, aplastó y cometió los más horrendos genocidios en nombre de una corona y una religión que terminó imponiéndose en estos territorios.

Comienza la reclamadera contra quienes reclaman lo anterior por parte de quienes creen que ya es hora de pasar la página, que quinientos años es demasiado, que no hay que ser tan obsesionado ni tan necio, que eso pasó hace mucho.

Comienza de nuevo la reclamadera por los derechos aún pendientes de los pueblos indígenas que hoy, aquí y ahora nos habitan.

Los dedos acusadores de nuevo se estiran, se ponen tiesos y se dirigen siempre “al otro”, “malo”, “malísimo” que tiene la culpa de todos los males, cualesquiera que consideremos los peores males.

Mientras tanto las mamás de niños y niñas en edad escolar corren a buscar trajes de chinito, indito, españolita o lo que sea para cumplir con la celebración “Del Día de las culturas”, que termina en los centros educativos sin más reflexión que “qué lindos que se ven y qué lindo celebrar que todos nos queremos tanto”, y contra ello también hay gente que reclama.

Todos los 12 de octubre la misma historia. La misma reclamadera.  Desde hace siglos.

Y así seguiremos mientras no vayamos a reclamar a la oficina de reclamos que no hemos abierto, porque se encuentra en nuestra propia casa, en cualquiera de las habitaciones donde haya un espejo.  Y es que el reclamo, si es justo, tiene que hacerse frente a nuestro propio rostro, ese que ha ignorado, vendado, ocultado y aplastado una parte de lo que somos, para creerse lo que no es. Aceptar de verdad y de corazón nuestro mestizaje, independientemente del color de nuestra piel, del apellido que tengamos o del color que muestren nuestros ojos, es el primer paso que tenemos pendiente. Pasando por ello, en lo interno, en lo personal, en lo íntimo, podremos comprender que somos hijos e hijas de repúblicas independientes construidas por los hijos o hijas de España nacidos en este territorio que quisieron para si organizar sociedades que emulaban las de la mal llamada “Madre Patria” y su acepción mayor: Europa. Por eso nuestra bandera tiene los colores de la de Francia, por eso insistimos en aprender historia antigua griega y romana y latín. Por eso rezamos ante altares cristianos y por eso hablamos español.   Estas nuevas sociedades trazaron fronteras y definieron prioridades de todo tipo de espaldas a millones de seres que mudos observaban lo que sucedía, los pueblos indígenas que se convirtieron en cantera para la servidumbre y el trabajo duro. Nada más.

Ahí comenzó nuestra herida a sangrar, y desde allí aún hoy sangra, porque  resulta que más tarde nos fuimos naturalmente mezclando, mezclando y mezclando, primero por la fuerza, la india “chingada” parió hijos al conquistador ( y chingada, es violada) que no traía tantas mujeres en los barcos y de los barcos luego también llegaron negros, y chinos y de todas partes gentes de todos los colores, todas y todos a habitar estos territorios, a vencer con el trabajo sus selvas, sus ríos, sus montañas, a establecerse, cazar sus animales de la tierra y el aire, pescar en sus ríos, sembrar semillas en el suelo. Tenemos siglos de nutrirnos de esta tierra, anegada con los cadáveres de los indios que se resistieron en vano a la conquista o los que murieron en la servidumbre, del pasto abonado por esa sangre ha comido el ganado que nos hemos comido, de la tierra enriquecida por esos cadáveres hemos sacado maíz, fruta y verduras. Somos desde ahí. Biológicamente también mezcla.

Resultado de ello estamos aquí, tanto tiempo después, reclamando de todo, y sin saber quiénes somos todavía. Porque ¿quiénes somos? ¿Hijos de europeos pioneros en tierras abandonadas? ¿forasteros? ¿extranjeros tropicalizados? ¿o pueblos mestizos?

Reconocernos en nuestra condición de mestizaje, en lo particular, como en lo nacional, pasa por integrar de verdad lo de indígena a nuestra cultura, espiritualidad y modo de vida. Reconocerlo en la ley, en las constituciones, en la educación, la religión, las costumbres, el lenguaje, las formas de relacionarnos, y eso, eso sí que lo tenemos pendiente.

Reconocernos en nuestra condición de nación mestiza pasa por aceptar que los pueblos originarios que habitan estos territorios tienen derecho a su propia cultura, su propio modo de vida y desde la oficialidad y la institucionalidad se les debe respeto y consideración real a sus demandas como establecen los tratados internacionales donde Costa Rica ha puesto su firma sin honrarla todavía.

Sanarnos, pasa por reconocer en serio lo que somos. Si no,  seguiremos todos los doce de octubre  en esas reclamaderas absurdas que siguen considerando al español perverso como “otro” y “malísimo” y “culpable de todo” -como si la gente que habitara hoy España tuviera algo que ver con el asunto-  o al indígena como “otro” y “pobrecito que lo maltratamos”, cuando ambos, o lo que queda de ellos y de ellas, también nos habita por dentro, en el alma, sí, pero también en el cuerpo, aunque ante el espejo insistamos  en vernos solamente blancos, rubios y europeos.

Pues no, no lo somos. No lo soy.  Soy mestiza. Soy Costa Rica y soy mestiza. Soy América Latina y soy mestiza. Soy América y soy mestiza. El día que lo comprendamos y asimilemos, y no solo de palabra, sino en la práctica, se acabarán las reclamaderas y seremos al fin y de verdad repúblicas maduras, soberanas e independientes.  El berrinche habrá quedado atrás. Armaremos el rompecabezas que somos, sin que falte ninguna pieza.

 

La pintura de arriba se llama “Un nuevo mestizaje” y la autora es  Margaret García

 

 

 

 

About the Author

Julia Ardón