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En el aula nada es inocente

La importancia de las formas

En las aulas, el modo usual de acomodar el mobiliario: los pupitres del estudiantado en hileras paralelas enfrente del escritorio del profesor o profesora y la pizarra,  hacen que quienes se sienten de últimos en las filas solo puedan escuchar y atender al docente, y de sus compañeros o compañeras solo verán las espaldas, no sus gestos, expresión facial, ni mucho menos verles a los ojos cuando participan en clase.  Todo está acomodado para que se escuche al maestro, el oficiante. Es lo que en la jerarquía educativa es “lo normal”.

Con este sistema se menosprecia totalmente el intercambio entre estudiantes, el aprendizaje en colectividad y la participación.  Se desdeña la extraordinaria riqueza que posibilitaría, en tanto se parte de que el alumnado no tiene mucho que aportar en tanto debe ser solamente receptor de “la sabiduría” y “el conocimiento” que solo está en poder del maestro. ¿Todavía hay gente que piensa que esto es así?

En el proceso educativo, como en todas las áreas de la convivencia humana, el tener la posibilidad de verse a los ojos para intercambiar palabras o miradas resulta importantísimo.  Pero resulta que la mayoría de nosotros aprendimos lo que aprendimos sentados precisamente en hileras, uno detrás de otra, viéndonos las espaldas. Eso nos marcó, y eso nos ha determinado ideológicamente.

Las formas no son inocentes y si tienen importancia. ¿Verdad que sería bueno comenzar a revisar estos “detalles”?

 

 

 

 

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Julia Ardón