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El mensaje de los malinches

Del martes a hoy me ha tocado vivir un procesito interno intenso.

Mientras Costa Rica, el 8 de mayo, se reencontraba consigo misma; personalmente también se me removía algo interior que me conectaba con algo íntimo y profundo muy personal. Algo que tiene que ver con el amor, más que todo con el amor propio, ese que te permite sentirte merecedora o no, plena o no.

En el primer caso colectivo fue un dulce alivio, en el segundo revivir un dolor amargo y antiguo que me di cuenta no tenía superado.

No puedo dejar de hacer las analogías. Vos sos como yo, me dice una amiga, pensar mucho es nuestro problema. Para colmo, ayer justo por la mañana aún asimilando la experiencia, una cachetada de realidad vía whatsapp me subrayó la sensación, me la mostró descarnada, desnuda. Fue duro. Me chocó de frente. Esto es lo que hay. ¿lo toma o lo deja?

Lo dejo. No me gusta. No lo quiero así en mi vida.
No soy eso.
No merezco eso. Me rebaja. Me ensucia.

No coloco ninguna responsabilidad en lo de afuera, en las situaciones, circunstancias o actos ajenos. No. Todo lo contrario. Se trata más bien de cómo asumo yo misma los estímulos que experimento. ¿Por qué algo me enternece? ¿Por qué algo me duele tanto? ¿Por qué algo me asquea?

En medio de eso estaba cuando salí a caminar buscando consuelo y me encontré con los malinches florecidos. Si fuera una película la toma contrapicada comenzaría a dar vueltas y vueltas, frenéticamente dar vueltas hasta el mareo.

Inevitable el nudo en la garganta, las remembranzas y la nostalgia. Ese querer agarrarse de vivencias felices antiguas como si fueran paraguas para taparse de la insolente embestida de las lágrimas por las cosas recientes.

Octubre y noviembre pasados me trajeron tremendas preguntas. Un ir y venir de amores y sueños. Mucha piel y música. Mucha humedad y contacto. Por varias noches volví apasionada y libre a los diecisiete, como la triste Violeta; y hubo días en que reviví la ternura de la compañía de la casi vejez, esa que honestamente es la que más me satisface, por mucho que lo otro se empeñe en atropellarme con su particular seducción de cantos vikingos.

Cuando creí haber pasado ilesa de la experiencia, la propia historia Patria me lleva hacia atrás y me revuelca y me deja sola en medio de la Plaza de la Democracia, desnuda, entre la multitud. Sorda al ruido exterior. Desolada.

Vuelvo a casa cansada,adolorida, cargando un cuerpo que se me está haciendo pesado y viejo y que sé ya no me sirve para lo que me servía antes. Vuelvo a casa y ya aquí sigo bajando gradas hasta los sótanos de una casa desconocida de la mano de mis amigas más cercanas, esas que siempre tienen a mano un bálsamo, un remedio, la palabra que calma y sana. Las escucho con atención, las dejo acariciarme, dejo que sean sus miradas y sus observaciones las que me ayuden a completar el diagnóstico clínico.

Entonces alcanzo un poco más de paz. Me alcanzan mis propias palabras de abrigo. Reconozco con coraje mi propia vulnerabilidad, lo que estoy viviendo, puedo perdonármelo, enfrentarlo para seguir siendo fuerte y no rendirme.

Hay escándalo de pájaros, de chicharras, de grillos, todo está verde afuera, comienzo a escribir y acepto: al menos me atreví.
Quizá era ese el mensaje de las flores rojas del malinche.

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Julia Ardón