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El dolor personal por el dolor del mundo.

¿Soy impotente ante eso, o puedo hacer algo?

 
Hay mucho dolor en el mundo, y claro, es normal condolerse. Cualquier persona compasiva, buena, sensible, se conduele por el dolor ajeno, ocurra donde ocurra.
 
Los hechos dolorosos pueden ocurrir muy lejos geográficamente, pero afectarnos intimimamente en lo más profundo de nuestra alma-conciencia. Lo que pasa allá pasa acá adentro, cerquita. Nos hiere.
 
Ante eso ¿qué podemos hacer?
Claro. Lo primero: expresarlo. Así nos aliviamos un poco.
También podemos sumarnos al coro de voces que denuncian las causas de ese dolor, que se solidarizan con quienes sufren a la distancia. Y eso está muy bien.
Pero  ¿eso es lo único que podemos hacer?
No. Claro que podemos hacer más.
¿Qué tal ubicar injusticia, dolor, necesidad más cerquita, por ejemplo?
Pelar los ojos, abrir el corazón: ¿Quién o quiénes están sufriendo y necesitando de mi ayuda aquí a mi lado, en mis narices?¿ en mi familia? ¿en mi casa? ¿en mi propia comunidad? ¿en mi país?  Ahí si que puedo hacer algo más que quejarme. Puedo acompañar, aliviar, hacer algo para que todo esa tristeza que sentí por aquel evento lejano pueda expresarse en actos de consuelo y hechos solidarios concretos para ser entregado de inmediato y hacer la diferencia. Ahí si puedo incidir para realmente hacer del mundo un mejor lugar.
 
Porque dolor ajeno también hay muy cerca de nosotros. Todos los días se manifiesta, y a veces obnubilados por lo épico de otras latitudes nos tapamos los ojos ante lo que tenemos en nuestras propias narices. Ah…pero es más fácil poner atención a aquello sobre lo que no podemos hacer nada e ignorar aquello sobre lo que si podemos hacer algo. ¿Por qué? Por comodidad. Lo primero solo nos obliga a berrear y culpar a otros sobre lo que ocurre. Aquellos otros, los malos. Los que son más malos que yo. (“Porque yo en cambio si soy buena”). Lo segundo implica un esfuerzo personal, ser parte de la solución y demostrar entonces quién y cómo soy realmente.
 
Enfocarme en lo que puedo hacer hoy, aquí, ahora y no lo que deberían hacer otros allá lejos, le da más sentido a nuestra existencia, la nutre, y lo mejor: la alivia y la sostiene. La diferencia de convertir la protesta en propuesta, la queja en construcción es un desafío constante y cotidiano que solo asumen las personas con un verdadero sentido de coherencia y consecuencia.
 
Salgámonos con humildad de la burbujilla cómoda de la queja necia, terca, desapegada y distante y convirtámonos en trabajo amoroso que alivie el sufrimiento en nuestros hogares, familias, comunidad, en nuestro país.
¿Eso nos convierte en egoístas? No lo creo. Nos hace realistas. Nos convoca a ser ya el mundo que soñamos.
 
¿Podemos? Comencemos por observar y preguntar cómo podemos ser útiles. Acompañemos, abrazacemos, escuchemos a quienes tenemos a la par. Mucha más gente de la que creemos necesita de nuestro trabajo, nuestra infinita capacidad de amar, nuestra fuerza y nuestra presencia. Solo así, siento yo, nos ganamos el derecho a acusar de indiferencia y crueldad a otros. Antes no.

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Julia Ardón