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El día en que me convertí en mamá

¿cómo llegué al 7 de febrero de 1992?

Ser mamá.

De chiquita no me gustaba mucho jugar con muñecas bebés. Fui siempre más bien de barbies. Y mis barbies nunca hacían de mamá. Eran barbies que se enamoraban de “kenes” y que armaban con ellos aventuras. Mis barbies pensaban solo en ropa linda y zapatos, en citas románticas, en amores tórridos a ratos.

Mis juegos de niña se parecían más a Sex & The City que al dulce mundo de la maternidad.

Conforme fui creciendo y conociendo el amor comencé a pensar en la maternidad como coronación del amor que podía tener con alguien, pero solamente elegí  a dos hombres para ser padres de mis hijos. Los que más amé.

Con el primero no hubo condiciones, no era prudente ni oportuno. El no quiso ser el padre de un hijo mío. Por dicha no quedé embarazada. Todavía siento dolor por esta no correspondencia y la trabajo y se lo he podido expresar, cosa que ha colaborado con la necesaria sanación de esos amores no correspondidos a plenitud, que se quedaron cortos en el territorio de la generosidad y el compromiso. Doloroso.

Luego conocí a Víctor y él desde que nos encontramos soñó con que tuviéramos un hijo, una hija.  Cuando nos unimos ya tenía él  45 años, entonces valoramos hacerlo pronto. Ya él era padre de Sebastián, que para aquel entonces tenía 15 años, y  que había nacido de su anterior unión con Ana Cristina Fernández.

Para evitar los embarazos yo había usado pastillas anticonceptivas durante varios años. Recién casados, unos tres meses apenas después, dejé de tomarlas. Nos entregamos a la tarea con mucho gozo.  Disfrutábamos mucho soñando con la posibilidad de un hijo o una hija nuestra. Víctor se inclinaba especialmente por una niña. Deseó muchísimo tener una niña.  Se le aguaban los ojos de solo imaginarlo. Fue él un enamorado de las mujeres. Un “mujerero”, como me gustaba llamarlo.  Fascinado por el universo femenino siempre, interesado en todo lo que pensábamos, vivíamos, decíamos, soñábamos. Abierto a los cambios que proponía el feminismo desde que lo conocí.  Montones de amigas son testigas de ese interés tan poderoso en él. Una niña significaba para él el más hermoso de los premios. El regalo más bonito.

Así pasaron los meses y nada de nada. No había embarazo. Un año y nada. Nada de embarazo. En aquel tiempo no había en Costa Rica pruebas de esas instantáneas de embarazo. Entonces en cada viaje que hacíamos a Estados Unidos nos traíamos unas seis para que probáramos. Ni sé ni cuántas me hice. Todos los meses por mucho tiempo. Y nada de nada.

Era 1989.

Como al año comenzamos a consultar a los médicos. El nuestro fue Braulio Morales, conocido de Víctor, por ser cuñado de su amigo del alma Rodrigo Acosta. Con Braulio iniciamos el proceso de estudiar por qué yo no quedaba embarazada. Luego de varios meses de ensayos, experimentos y estudios él llegó a la conclusión de que aunque tanto Víctor como yo estábamos sanos y éramos fértiles, no éramos “químicamente” compatibles. Los espermatozoides que producía Víctor morían de inmediato al contacto con mi cuerpo. Fue cuando nos planteó la terrible posibilidad de que nunca pudiéramos tener hijos en común.

No se imaginan lo que lloré. Yo recuerdo mi tristeza. No la suya, porque quizá la disimuló o la vivió en silencio.  Tengo la imagen de estar sentada en las gradas de madera de la casa de la Paulina, la del ventanal donde ahora están las oficinas de Papaya Music, llorando desconsoladamente. Creo que lloré como por tres días, aunque aún no estábamos cerrados a la posibilidad de intentar con inseminación artificial, cosa que en aquel momento nos parecía ciencia ficción.

De manera paralela y en medio de esos terribles deseos de conformar una familia extendida, nuestra vida sexual se convirtió en la tarea necesaria para lograrlo. Enfrentamos  los rigores de la supervisión, qué día, a qué hora, correr al médico todavía con el semen dentro de mi cuerpo para que él sacara muestras e investigara…ensayar posiciones, bebedizos, recetas de todo tipo.

Muy cansado.

Una vez, estando Víctor fuera del país, Xinia, la esposa de Papi me invitó a consultar a su médico.  Con ella fui donde él. Un señor ya mayor, bastante experimentado. Me examinó y me propuso hacerme duchas vaginales con vinagre ( ahora entiendo que quería alcalinizarme) y me dio unas pastillitas. Su receta fue la siguiente: cinco días después de la próxima regla, usted, por cinco días se conquista a su esposo. Cinco días seguidos. Se toma las pastillitas esos días.

Vino Víctor y le conté de la tarea que teníamos. Hay que tomar en consideración que mi marido ya se acercaba a los cincuenta, y bueno, cinco días seguidos…no dudo que haya algunos que puedan, pero no era el caso…nos reíamos mucho pensando en los ceviches, los shows, los subterfugios para lograr semejante hazaña.  Y comenzamos a esperar el aviso de la regla para cumplir con la misión encomendada.

Esperamos.

Esperamos.

Esperamos. Y la regla no vino.

Entonces tocó hacerse, por pura curiosidad la prueba, y sí, salió positiva. No lo podíamos creer. OK. Intentemos otra, no vaya a ser un alegrón de burro. De nuevo positiva. Aún no lo podíamos  creer. Vamos de nuevo. Me hice la prueba tres veces seguidas y en todas dio positivo. Entonces Víc me propuso ir a hacerme la prueba de sangre. Así lo hicimos y entonces no hubo duda. El laboratorio estaba donde hoy está el AM PM de La Paulina. Allí abrimos juntos el sobre: positivo.

Recuerdo como hoy ese momento, el abrazo profundo, uno de esos donde te derretís ante el cuerpo amado, como que te mezclás con él para ser uno.  Ahí parados enfrente, en el parqueo lloramos de emoción y corrimos a llamar a Braulio.  Significó eso que ya desde que fui donde el doctor de Xinia ya yo estaba embarazada sin saberlo. El pequeñísimo embrión fue bañadito en vinagre de manzana en dos ocasiones.

Comenzaron los sueños y preparativos, no sin sustos. Tuve preclampsia. Me hinché mucho. Recuerdo la cara de la gente que me veía en los últimos días del embarazo. Braulio con mucho cuidado me atendió y previó todas las posibilidades. Realmente entre él y Víctor me cuidaron para que no entendiera muy bien el peligro que estaba corriendo. Pero luego Vic me contó de su angustia por mi condición. Era delicada.

Pese a ello mi embarazo fue feliz. Con cuatro meses fuimos a Nueva York. Allá me compré ropa linda, compramos cosas para el bebé. Víctor insistía en imaginar una niña, a mi me daba lo mismo.

Durante uno de sus viajes yo fui a hacerme sola el ultrasonido y allí le vimos los huevitos a la criatura. Era evidente que se trataba de un niño. Comenzó entonces el hijo tan deseado a conformarse como ser humano. Creo que cuando supe que era un niño fue que “realicé” que venía una personita, porque antes de eso solamente le llamábamos “frijolito”.

Por teléfono le conté a Vic, que se enterneció todo y vino de vuelta de su viaje a Miami con montones de ropitas preciosas para hombre. Nos hicimos clientes frecuentes de “baby gap”.  Un ridículo total. Nos pasábamos horas preparando las cosas para recibir a quien decidimos llamar “Carlos Luis”, después de un reclamo de mi abuelo Carrucho porque ningún hijo, hija, nieta o nieto le había puesto a un bebé su nombre. Decidimos darle el gusto. Un nombre sencillo que podía darle una alegría a un viejo abuelo ¿por qué no?

Acercándose las fechas mi condición se ponía difícil, entonces Braulio nos propuso provocar el parto en cuanto comprobáramos que el bebé podía respirar solito. Una prueba de líquido amniótico nos lo corroboró a las 35 semanas. Ya podíamos traerlo al mundo. Más tiempo  podía significar peligro para él o para mi.  Luego supe que la preclampsia puede provocar la muerte de los bebés o las madres.  Pero bueno, eso por dicha lo supe luego, porque la verdad yo seguía confiada y tranquila.

A los pocos días programamos el parto, que se realizó en la Clínica Santa Rita, en San José, ahí por la Corte.  Víctor dudó hasta el último minuto si entraba conmigo a la sala de partos. Ya Braulio nos había advertido que había altas probabilidades de que fuera cesárea y eso a Víctor le daba mucho miedo.

La labor de parto comenzó con la aplicación de una porción de una pastilla que se usa para otra cosa pero que tiene como efecto secundario provocar las contracciones. El doctor me la colocó en el cuello del útero y pocas horas después comenzó a hacer efecto. Por dicha la clínica estaba cerca de la casa.

Fueron varias horas de trabajo con los dolores intensos propios de la cosa, entramos como a las 8 de la noche y ya de madrugadita comenzó la tarea. En el pasillo Víc me apretó las manos, me dio un beso en la frente y me dijo con lágrimas en los ojos: no puedo. Tuvo miedo de ir conmigo. Nos despedimos.  Eso no es que me hizo feliz, pero me resigné. Luego tuve ocasiones varias para reclamárselo. Pero no lo juzgo, era un hombre de otro tiempo. Nos separaban veinte años.

En la sala de partos pude ver el proceso a través de los anteojos del médico. Todo se reflejaba allí.   Recuerdo su insistencia en evitar a toda costa la cesárea y la anestesia,  mi desesperación ante el dolor y cómo le pedí me pusiera un poquito de anestesia porque no podía soportar aquello. Tuve momentos de mucho miedo, sobre todo porque no me había preparado a conciencia. No hice curso de preparación al parto, solo leí algunos libros.   Braulio me explicaba que como el bebé estaba pequeñito “no ayudaba” mucho. Estaba costando.

Fue cuando sentí que desde atrás una mujer me sostuvo y me levantó un poco la espalda. Le vi la cara tapada por la mascarilla y el gorro verdes.  Gracias a su ayuda fue que agarré fuerza para los últimos tres pujidos. Fueron tres, y al tercero el alivio de sentir la criatura resbalándose a través del canal de la vida y la alegría de toda la gente en la sala. La mujer me seguía sujetando por detrás. Ni la sensación del corte del piquete ni que el niño no llorara me asustaron. Yo estaba ya feliz.

A los minutos me mostraron a Carlos Luis. Un niño precioso, el más precioso que había visto en mi vida. Rosadito, delicadito, pequeñito…Nos separaron. Pero yo estaba tranquila y así tranquila llegué a mi cuarto a esperar noticias. Se lo habían llevado a una incubadora. Víctor me explicó que estaba muy bien y que ya estaba tomando leche ( de chupón y de fórmula).  -Por dicha ya después le pude dar teta y gozarlo muchísimo-. Yo estaba tan cansada que solo quería dormir. Recuerdo que estaba sola cuando me lo trajeron como a las 10 y media de la mañana en una cunita de material acrílico transparente. Observé al taquito con ternura. No lo podía creer, pero no se me ocurrió alzarlo ni tocarlo. Solo lo miraba con devoción. Era la ensoñación.

De pronto entró una enfermera ( nunca falta un borracho en una vela) a regañarme “Diay? si no lo quiere me lo vuelvo a llevar. No le va a dar teta?”  Y yo impresionada, porque no sabía cómo hacer aquello, cómo levantarme, cómo alzarlo, cómo cogerlo…No entendía qué tenía que hacer. No estaba nadie para explicarme. Pedí ayuda y vino otra más amable y me lo puso en los brazos.  Así estaba cuando llegó Víctor y nos fundimos en un abrazo los tres. Se había ido a traer algo. No sé.

Carlos Luis fue amado desde antes de su concepción, un niño muy deseado, esperado con todo el amor del mundo.  Fue persona amada  desde que no era persona, solo una idea en el corazón de su papá y mío.

Los primeros que llegaron a visitarnos  fueron Papi y Xinia con mi abuela Nana, luego toda la familia. Fueron momentos preciosos. Mucha alegría, especialmente porque todo había salido bien, no fue necesaria la cesárea y no fueron necesarias más que unas tres horas de incubadora.

Antes de salir de la clínica pregunté por la mujer que me sostuvo la espalda por detrás, quería agradecerle y darle un abrazo.  Ni el doctor ni ninguna enfermera me entendieron. ¿Pero cómo? ¿Quién? No.  Nadie podía haber estado detrás de mi en el parto porque desde la parte de atrás de la camilla salía una lámpara. Solo estuvo gente a los lados. Nadie detrás.  Pero ese ángel, esa fuerza, ese sostén yo lo tuve y para mi  fue real y  determinante para que lograra la energía de esos tres últimos pujidos que hicieron nacer a mi hijo.

Lloré mucho, desconsoladamente, cuando sentí, muy desde dentro de mi corazón, que si, que esa mujer estuvo allí, acompañándome, y me sostuvo, y me dio valor y me ayudó, y fue mi madre. Mami, que había muerto unos pocos años atrás.

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Julia Ardón