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El Cuento de Daniel (2)

1982: Lindos recuerdos de La Habana

Sentíamos aquellos tiempos lindos en Cuba, principios de los ochenta. Las cosas avanzaban . La gente tenía satisfechas sus necesidades básicas y se hacían esfuerzos para elevar la calidad de vida de la población. Lejos estábamos de conocer cosas tristes que supimos luego a través de algunas voces silenciadas por el dogmatismo de la época.

Yo vivía en una casa vieja de Jaimanitas, Municipio Playa, La Habana, enfrente de la escuela donde estudiaba ciencias sociales junto a un grupo de cerca de veinte otras personas de América Latina… allí acudían, además de cubanos y cubanas, estudiantes de Asia, Africa y estos lados , y ese cielo tan azul como ese cielo, y “una luna tan brillante como aquella que se filtra en la dulzura de la caña…” y un Fidel que sentíamos líder de los pueblos pobres del mundo, y “un rubí , cinco franjas y una estrella”. Y nosotros asumidos como parte del heroico coro que cantaba las canciones que creíamos teníamos que cantar. Eran tiempos de himnos todavía..“Guerrillero, guerrillero…”, “la tumba del guerrillero, dónde, dónde, dónde está..?!”, “Comandante Carlos, Carlos Fonseca, tayacán vencedor de la muerte, novio de la patria rojinegra…” y por supuesto…“Al combate, corred bayameses, que la patria os contempla orgullosa, no temáis una muerte gloriosa, que morir por la patria es vivir. En cadenas vivir es vivir, en afrenta y oprobio sumido, del clarín escuchad el sonido, a las armas, valientes, corred!” “Patria Libre, o Morir!”  “Patria o Muerte, Venceremos”.

Así era la cosa.

Hoy tanto patrioterismo militar me eriza,  honestamente. Incluso el tema de los héroes trepados en aquellos impolutos pedestales me provoca mucha resistencia.

Mis vecinas de habitación eran una palestina, una colombiana, cuatro nicas y varias cubanas además de una muchacha de las Islas Seychelles. Mis compañeras de cuarto Leah y Natalia , de Grenada ( la isla del Caribe que luego fue invadida por los gringos para botar a un gobierno que le resultaba incómodo) y de Costa Rica. Con ellas aprendí el verdadero sentido de la solidaridad, del respeto, de la tolerancia, de la organización en comunidad. Yo era no sólo la más joven del grupo, sino la más joven de toda la escuela. Nos sentíamos parte del movimiento revolucionario mundial.  Todas creíamos estar  allí para preparanos para servir mejor a nuestros pueblos. Nos hicimos hermanas.
Con Ursula la colombiana ( sí, “se llamaba” Ursula Buendía!? ) y con Sawsan ( la palestina) desarrollé una relación muy pero muy estrecha. Cuanto desearía que la vida me permita algún día volverlas a ver.  Con Sawsan tengo contacto ahora por facebook. Es increíble.

Nuestra disposición a todo ni se cuestionaba. Desde la distancia ahora veo aquello tan distinto. Años después, conociendo la historia del perseguido escritor cubano Reinaldo Arenas y algunas otras similares tuve que enfrentar golpes muy fuertes. Ay cosas que nunca entenderé. El miedo nunca puede ser el justificante para hacerle daño a nadie, ni siquiera a quien considerás tu enemigo.

Pero fui parte de aquel coro y lo hice de corazón. Creíamos en ello fervientemente y teníamos absoluta disposición a renunciar a lo que fuera por la lucha. No éramos en todo caso tan especiales, éramos millones en todo el continente, la mayoría jóvenes.

Y la verdad, como es lógico, no todo era conciencia, libro o fusil, también había tiempo para la poesía, el arte , el amor y la fiesta.

“Tu me recuerdas las calles de la Habana Vieja”, nos acompañaba desde un cassette un entonces juvenil y melenudo Silvio Rodríguez, y a mi se me hacía un puño el corazón de la emoción. “Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve…” y Daniel y yo cruzábamos aquella ciudad sumergidos “en su baño de tejas”, de cabo a rabo, en tardes asoleadas, de la mano, muertos de amor, de sudor y de deseo. En La Habana aprendí a bailar de una manera que no olvido al ritmo de los Van Van de los primeros tiempos. Me cuesta bailar salsa a la tica, siempre me devuelvo a la contención del ritmo más propia de los cubanos. No, no lo aprendí con Daniel. Daniel no bailaba.

Pero él y yo hablábamos de todo, él me contaba historias de su juventud, de novias idas, de sus sueños, compartíamos poesías y canciones, yo solo lo miraba y lo miraba…con cara de embobada…La primera vez que nos encontramos en la calle fue bajo un árbol grande, grueso, potente, no recuerdo bien quién llegó primero pero nos derretimos en un abrazo parados encima de sus raíces. Era julio. Julio caliente en La Habana. No teníamos dónde ir, pero la ciudad fue nuestra por horas y horas. Se nos hizo larga la tarde, larga y ansiosa, intensa, roja, desesperada. Los pies se me llenaron de ampollas por la caminada, el corazón me saltaba, me enamoré de él y él de mi.

Desde la noche aquella en mi cuarto, de los desteñidos muros de aquella ciudad musical solo vimos los colores, y de los ojos arrugados de sus viejos sin esperanza sólo vimos la luz. De los calabozos del Morro no teníamos ni idea. Cuba siempre ha sido tierra de contrastes, de extremos, de pasiones hasta el fondo y aquello se nos había metido por las venas.

Puedo jactarme de que me caminé sola el malecón más de una vez esperando a Daniel y que nadie me confundió jamás con “jinetera”, porque entonces no las había. Hoy no puedo ver una foto del malecón sin ponerme a llorar. En aquellos largos muros grises quién sabe cuántos amantes se han besado y abrazado y cuántas promesas de amor se han entregado. No sé qué tiene esa ciudad dorada, ese fuego interno, ese mar fogoso, ese descaro.

A pesar de que entre los grupos de estudiantes que vivíamos en Cuba, que éramos bastantes, se mantenía la discreción por razones de seguridad;  yo moví cielo y tierra con el objetivo de que los responsables de la organización me dieran permiso para visitar a Daniel en su casa. No se podía hacer por la libre. Lo logré después de un intenso “lobby” entre algunos dirigentes. Gracias a esa osadía, pudimos hacer el amor por primera vez en un corredor del patio, encima de unas sillas viejas, con la noche, las chicharras y los ronquidos de mi hermano y otros compañeros como testigos. Fue un amor calladito , delicado, clandestino y con la ropa puesta.

Si me preguntaran qué sentí esa vez, podría comparar aquello con una pasión serena, una comodidad, el vaso de agua que aplaca la sed.

Nuestro encuentro estuvo lleno de paz . Mucha risa, mucha alegría, mucha ternura. Estar con él me daba una confianza muy grande. Me sentía junto a él acompañada, segura. Eso es lo que recuerdo del sentimiento de los primeros días. Desde entonces sentí a Daniel parte de mi, de mi familia. Nos unimos, de alguna manera, para siempre.

Aquello todavía me pertenece, lo viví con él y por ello estoy agradecida.

 

Parte 1: aquí

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Julia Ardón