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El cuento de Daniel (1)

Managua, 1980. La Habana, 1982

Hace años comencé a escribir esta historia. Hoy me siento bien para revisitarla, corregirla y compartirla.
A ver cómo nos va.
Parte es verdad, parte ficción.
Muchos nombres están cambiados.

El Cuento de Daniel I:

Managua, 1980. La Habana, 1982

Pucha!…era Daniel un compañero sereno de barro y verde olivo que había conocido yo al menos de vista en otras ocasiones, pero con quien me reencontré en Cuba en 1982. Cuando viajé a Nicaragua en 1980 con mi familia y los compañeros del Partido (MRP) a la celebración del primer aniversario de la Revolución Sandinista, donde fuimos emocionados y emocionadas a oír a Fidel.

Nunca se me olvidó. Estábamos hospedados en una escuela en un barrio de Managua…Allí, desde un corredor, a la hora del desayuno, vi llegar a varias personas, pero me detuve en él. La vida te hace esos guiños y una no entiende por qué. En aquellos días apenas tenía yo dieciseis años, estaba en el colegio. El era mayor, pero no mucho más.

Durante los actos de celebración en la plaza, a mi me había dado diarrea y además se me había mojado la cámara y el pasaporte. Fuimos parte de una columna de costarricenses que se sumó al evento sintiéndolo como propio. Recuerdo el calor, los retortijones de la panza, la urgencia de un inodoro, el sudor frío y mami acompañándome a buscarlo en aquel tumulto.

Cuando alcanzamos a ver los baños, era una cola como de cien metros y yo en aquella urgencia y mami que me lleva de la mano hasta el principio de la fila, por favor, señora, ¡ ella está con diarrea ! , y toda la gente dándole campo a la chiquita tica con generosidad.

En aquellos primeros años de la Revolución, el pueblo nica agradecía enormemente al pueblo costarricense el gran apoyo que se le había dado al proceso para llegar al triunfo. La solidaridad desde nuestro país fue multitudinaria, concreta y manifiesta en cantidad de acciones que contribuyeron a a la victoria del movimiento insurgente.

Mi familia había sido por años parte de eso, y ese gesto de aquella gente de la cola se acomodó de manera preciosa en nuestra celebración personal. A mi en aquellos menesteres y lamentable estado se me olvidó Fidel, su discurso, los desfiles, las consignas, los cantos y las banderas. Solo había alcanzado a atisbar por entre las cabezas de la multitud la columna de los veteranos de la lucha de Sandino que pasaron de primeros…unos viejitos divinos que no pusieron a llorar.

Esa mañana tempranito, sentada en el suelo, desde un corredor, comiéndome el desayuno que nos habían traído en una bolsa plástica donde arroz, frijoles, natilla, queso, tortilla y maduros nadaban en un revoltijo único, un diecinueve de julio de 1980, fue que lo vi por vez primera . El archivo de mi memoria lo ve bajándose de un pick-up . No olvidaría tampoco que de vuelta del viaje, en Peñas Blancas, se sentó discreto , a comer tajadas fritas de plátano verde en la misma mesa que compartía yo con otras personas. No recuerdo quiénes ocupaban los otros bancos. En aquel momento la película de la vida se detuvo para que quedáramos solamente él y yo. La verdad solo me acuerdo de su sonrisa detrás de una gran chilera con tapa rosada . Callado, con anteojos, sonriente, bajito y el mantel de plástico verde con flores de colores. El sabor de aquellas tajadas crujientes, saladas y tostaditas tampoco lo olvidé. No hablamos nada.

La verdad es que Daniel no hablaba mucho. Había sido combatiente del Frente Sur. Con él y el calor de las noches habaneras, casi dos años después de aquel encuentro; aprendí a tararear yo misma en portugués la hermosa letra del “Sueño Imposible”. Aquella canción que desde entonces integra la banda sonora de mi vida.

Podía ser amorosísimo ¡ y cuando se reía se reía tan rico! Se reía con muchas ganas, sonoramente. De solo acordarme cómo se reía me da risa a mi también. Mi hermano Ernesto, que cuando eso estaba bien pequeño, es de lo que más se acuerda cuando mencionamos a Daniel: su risa. Estudiábamos ambos en la isla las cosas que creíamos nos serían útiles para el trabajo político que realizábamos en nuestro país. Allá Daniel era compañero de mi hermano Antonio y fue el mismo Antonio quien lo trajo a mi vida de manera definitiva.

Una noche llegaron los dos a mi casa para una fiesta, con tan mala suerte que Antonio se emborrachó bien feo debido a una mezcla de aguardiente con queque de cumpleaños y no nos quedó otra que acostarlo en mi camarote, subir a escondidas a mi cuarto y pasar allí la madrugada velándole el sueño, esperando que por la mañana se sintiera mejor. En esa escuela era estrictamente prohibido que hombre alguno subiera a los dormitorios de las mujeres. Parece ridículo y lo era: hablo de una escuela de gente adulta.

El asunto es que Daniel y yo violamos las reglas y nos quedamos conversando por horas en mi cuarto, bastante quedito; mientras Antonio roncaba, la ventana abierta nos traía el olor del mar, siempre el mar…y así, palabra a palabra, mirada a mirada, despacito y sin precisa, nos fuimos enamorando.

Por suerte mis compañeras de cuarto, Natalia y Leah, se habían fugado más temprano a los brazos de algún amante cariñoso, posiblemente en los dormitorios de los varones, que estaban cruzando la calle, bastante apartados.

Tuvimos esa noche entera para nosotros solos. Daniel me contó historias de su vida, yo le conté de la mía, cada palabra se iba desplegando como un tejido que nos iba envolviendo hasta que él me tendió su mano y en ella coloqué la mía con determinación y agradecimiento. No hubo beso esa noche pero nos entregamos el alma desde lo más hondo de los ojos. Estuve allí. Ocurrió.

A partir de esa madrugada nuestras vidas dieron un vuelco que todavía , a ratos, nos incomoda, nos hace buscarnos, abrazarnos, preguntarnos o evitarnos con insistencia patológica. Nada fue nunca más igual.

 

 

(En la foto, Fidel Castro en Managua. 1980)

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Julia Ardón