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Aquel hedor debajo de la alfombra

Tanto en las familias, en los centros de trabajo, de estudio, organizaciones, allí donde hay grupos humanos, incluso en los países o comunidades no es sana práctica disimular los problemas, dejarlos debajo de la alfombra. Tarde o temprano, por tanta acumulación, despiden mal olor, se infectan, salen y de modo torpe y desordenado. Se manifiestan.

No creo que el disimulo o el repetir el viejo mantra “todo está bien, no pasa nada” ayuden a que se resuelvan los puntos de conflicto. Todo lo contrario.

Las cosas hay que llamarlas por su nombre, hacerlo a tiempo impide males mayores.

Para mi no es cierto aquello de que “el tiempo lo cura todo”, que va…el tiempo separa, el tiempo hace los conflictos más hondos, el tiempo que se usa para tapar, ocultar o negar el origen del dolor o de la angustia va abriendo grietas cada vez más anchas, infecta las heridas, las contamina. Cuando hay demasiado silencio este se puede llenar más bien de mayores prejuicios y miedos, combustible para mayor violencia y para engrandecer el conflicto.

Cuando hay un problema. Que se nombre. Que se enfrente, que se encare. Para mañana puede ser tarde.

Otra cosa, y legítima, es que no nos sintamos con fuerza o con claridad para enfrentarlo y ahí entonces tenemos que cuidarnos y no exponernos más de la cuenta. Reconocer con valentía esa condición es necesario, y más que eso, delegar, dejar que el relevo tome el control, soltar…confiar en que otras, otros, lo harán mejor de lo que nosotros, en nuestra incapacidad e ignorancia, fuimos capaces de hacer.

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Julia Ardón