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Abrir los ojos

cuesta

Cuando como mujer despertás y te das cuenta que has sido sujeta subalterna y que además has contribuido con tus pensamientos, decisiones, actitudes y acciones para que así sea, tenés que darte un duro golpe y un porrazo tremendo.

Despertar es caer, golpearse, reconocerse de verdad puede ser duro porque además entraña reconocer nuestra propia complicidad.

No todas las mujeres nos hemos atrevido a abrazar con pasión la causa del feminismo, porque reconocer su pertinencia pasa por llevarnos ese golpe, pero el día que te lo das ya no podés ver el mundo ni sus relaciones de igual manera. Nunca más. Te revisarás constantemente para verte cómo, cuándo y dónde estás contribuyendo a perpetuar lo que te ha hecho tanto daño y hace tanto daño a otras y a otros.

Emprender el viaje es un proceso largo, cansado y doloroso. No es fácil. Pero una vez que lo emprendiste no podés volver atrás y no te quedará más remedio que seguirlo caminando.

Andar por este mundo con los ojos abiertos puede ser doloroso. Por eso hay quienes deciden, en todo su derecho, mantenerlos cerrados. Es legítimo.

Y aplica para el machismo y también para el racismo, bracitos perversos de eso que se llama colonialismo y que determinó lo que se ha dado en llamar civilización humana o lo que conocemos de ella, que es la historia de quienes nos vencieron, no de quienes fueron vencidos o vencidas.

No todas las mujeres andamos por el mundo con los ojos abiertos. No todos las personas negras, indígenas, mestizas o árabes andamos por el mundo con los ojos abiertos. No todas las personas homosexuales se reconocen como tales, muchas lo esconden incluso ante el espejo porque les puede la homofobia, la culpa y el miedo. No todos los habitantes de los territorios coloniales antiguos y presentes -económicos o ideológicos- andamos por el mundo con los ojos abiertos.

 

Abrirlos duele. Duele un montón.

 

 

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Julia Ardón