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Violencia

Por Carlos Francisco Echeverría

Salvo en la guerra civil de 1948, en Costa Rica nunca hemos vivido un clima de tanta violencia como hoy. Violencia en todas sus expresiones: la del delincuente y el criminal, la del chofer borracho y la del hombre que apuñala a su esposa, pero también la de los gremios que bloquean el desarrollo del país para imponer su voluntad, y la de quienes ven esos hechos con indiferencia, en la medida en que creen que no los afecta en lo personal. En la raíz de todo está la madre de todas las violencias: la violencia sistémica que expulsa a los muchachos del colegio, coartando el natural deseo de aprender que hay en todo ser humano; la que empuja a una muchacha a la prostitución, o la que lleva a tanta gente a buscar el alivio, efímero y esclavizante, de alguna droga.

 

Todas esas formas de violencia son síntomas de algo más profundo: el desgarramiento del tejido social del país, resultado de un proceso de desarrollo caracterizado por una creciente inequidad. La inequidad genera violencia porque mientras algunos prosperan a ojos vista, a otros se les cierran todas las puertas. Hay quienes son capaces de vivir con eso, porque sus aspiraciones son modestas o porque pueden asimilar la frustración, pero muchos otros – incluyendo a miles de personas buenas y talentosas – no lo pueden tolerar, y entre ellos hay quienes derivan hacia conductas antisociales o autodestructivas. En otras naciones, donde la desigualdad y la injusticia han prevalecido por más años, esa frustración llega a tomar la forma de violencia organizada y colectiva, terriblemente difícil de desarraigar. Sobran los ejemplos en Latinoamérica.

 

La inequidad es producto, a su vez, de la ineficiencia del mercado y del Estado en la distribución de oportunidades. Del mercado en realidad no podemos esperar otra cosa. Parte de su función es premiar a los más competitivos y castigar a los que no lo son. Eso, en sí mismo, es bueno. Los más competitivos abren espacios de oportunidad para quienes lo son menos, y en el camino se crea riqueza que les sirve a todos, aunque se reparta en distintas proporciones. Una de las funciones principales del Estado, como expresión de la voluntad colectiva, es precisamente la de compensar la excesiva crudeza de las leyes del mercado, que de lo contrario pueden conducir a extremos de inequidad y a la destrucción del patrimonio común, natural y social, sin el que la creación de riqueza, y la existencia misma de la sociedad, serían imposibles.

 

La clave para resolver el problema de la inequidad, y por lo tanto de la violencia, está entonces en el Estado como expresión de la voluntad colectiva. Subrayo esto para diferenciarlo de la concepción común del Estado como conjunto de instituciones. Me refiero al Estado democrático, el que nos pertenece a todos, el que somos todos. Y aquí viene la pregunta: ¿Cuánta voluntad colectiva estamos poniendo, como ciudadanía, para evitar la inequidad y la violencia? No la suficiente, como lo demuestran los hechos. ¿Cuánta, entonces, estamos dispuestos a aportar? Hagámonos esa pregunta en el interior de nuestras conciencias.

 

Porque si queremos entrarle a fondo al problema de la inequidad, madre de la violencia, vamos a tener que revisar muchas de nuestras posiciones tradicionales, ya sea que estemos del lado de los desposeídos o del lado de los privilegiados. Vamos a tener que preguntarnos seriamente porqué se está rompiendo el tejido social de Costa Rica, y qué podemos hacer para reconstruirlo. No remendándolo con tela vieja, porque esa se volverá a romper tarde o temprano, sino con una urdimbre nueva, basada en el entendimiento y la aceptación de metas comunes.

 

Yo no dudo que todos aspiramos a vivir en una Costa Rica tranquila, donde nuestros hijos puedan salir seguros a la calle; donde las escuelas y los colegios públicos ofrezcan educación de primera calidad; donde tengamos calles y aceras y zonas recreativas decentes; donde haya empleo formal y bien remunerado en empresas sólidas y prósperas, ya sean grandes o pequeñas, o en un sector público eficiente y productivo, en el cual sea un orgullo trabajar. ¿Es eso pedir mucho? No lo creo. Incluso podríamos tenerlo ahora mismo, si nos lo hubiéramos propuesto hace veinte años. Otras naciones pequeñas lo han logrado en plazos similares. Pero tenemos que empezar ya, dando un paso decisivo: abrir nuestras mentes a nuevas ideas y realidades. Un nuevo gobierno siempre ofrece una oportunidad histórica. No la desaprovechemos, sumidos en el cinismo y la desconfianza. Como dice el Himno al 15 de Setiembre, sepamos ser libres.

 

Origen de la foto: https://superhv.com/society-culture/violence-women-mens-issue/

 

 

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Julia Ardón