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Nuevo proyecto de ley para regular intereses de tarjetas de crédito en Costa Rica

Vital

 

Las tarjetas de crédito y su uso y abuso son una trampa con larga cola. Nos hacen creer a quienes somos de clase media, que podemos ser “clase alta”, porque nos facilitan el alto consumo en cualquier momento, nos permiten adquirir bienes y servicios más allás de nuestras reales posibilidades, etc.
Pero enfrentar esto, no creo que pase con dedos acusadores ni culpas personales. No se trata de estirar el dedito señalando “al otro” o “la otra” como culpable del desafuero, del desorden, de la irresponsabilidad. Es un problema social, colectivo, del que poca gente admite ser parte. Una vergüenza íntima. Casi como tener herpes genital.
Nadie cuenta lo que le pasa, nadie cuenta que está pagando intereses sobre intereses, que se le fue la mano con los gastos, que tuvo que hacer un arreglo de pago, etc, etc.
Es una culpa, otro dolor, que se lleva en silencio y con estoicismo y pena tremenda.
Por eso este proyecto para regular el manejo que los bancos le dan al servicio de las tarjetas de crédito que acaba de presentar el Frente Amplio es importantísimo. ¡Enhorabuena!

La gente de clase media, quienes no somos ni pobres ni ricos, vivimos gracias a estos plastiquitos la ilusión de pertenecer a la clase privilegiada. El crédito nos facilita comprar cosas que de otro modo no podríamos comprar. Pero para pagar lo que hemos comprado en nuestro afán de hacernos la vida más cómoda e interesante, según nosotros, tenemos que esclavizarnos demasiado al trabajo, nos estresamos, nos angustiamos, y tenemos que trabajar más y más y más. Eso no nos deja tiempo ni para cultivar amistades ni para estar con la familia, ni mucho menos para involucrarnos en actividades de la comunidad. Ni se diga movimiento social o trabajo político.

La clase media en Costa Rica, la que ha sostenido la paz social de este país hoy está ocupada pagando intereses. Angustiada. Estresada y sin tiempo para siquiera recordar nuestra historia ni soñar un futuro mejor en colectivo.

Por eso es de vital importancia que atendamos el tema, y no desde la culpa personal o el reclamo “es que vos sos desordenada y no sabés usar la tarjeta”. No. Sino desde la humildad colectiva. Nos hemos dejado engatuzar por el espejismo, hemos caído en la trampa, y la trampa es tremenda y vale la pena cuestionar sus mecanismos y colochos. ¿Por qué? Porque como consumidores, consumidoras, merecemos más respeto.

Autorespeto, autocontrol, sí. Pero respeto y control de parte de quienes nos manipulan también.

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Julia Ardón