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La Gran Fiesta Nacional del Entrepierne

El Tope Nacional y su explícito contenido sexual

Hace años vengo observando como el Gran Tope Nacional de San José, ( el otrora “inocente” desfile del patrón, su esposa y su familia a caballo por las calles josefinas) se ha ido convirtiendo en una expresión cultural de alto contenido sexual.

 

El olor de la boñiga, las crines cuidadosamente peinadas o sueltas al viento, el relincho y el sudor equinos, son el marco escenográfico en el que se explayan pechos musculosos ,peludos o inflados,  ombligos suspicaces y nalgas abiertas y evocadoras en perfecta armonía con las ancas que cabalgan.

 

Reconozcámoslo.

Hemos comenzado a aprovechar la fiesta nacional conocida como tope, para expresarnos sexualmente, desnudos, con el pañuelo de nuestras más secretas fantasías revoloteando bajo los acordes del güipipía.  El evento sirve para ver y ser vista, para establecer relaciones contractuales del sector de la carne ( no solamente equina). Se exhiben caballos y yeguas y me exhibo yo si quiero venderme u ofrecerme, alardear de mi poder sexual, económico, político,  de dominación,  sumisión  o todo junto. Me deshinibo como queque navideño  bañado en guaro y porque el ambiente es propicio. Todo me lo estimula, comenzando por el ritmo y las palpitaciones que siento entre los muslos con el chakra de la raíz bien despierto.

 

Ojo que no juzgo. Solo observo. Tengo años de observar eso que todos observamos, pero que poco comentamos, quizá porque de esto no se habla, esto se siente o no se siente.

 

También, como en la viña del Señor, lógico que hay gente que solo va inocente ahí con su caballito saludando, que monta a su chiquito en el potranquito y que disfruta de la actividad con inocencia. También eso pasa, pero siento que queda totalmente opacado por la pirotecnia y seducción del capítulo pornoequino.

 

Reconocemos la propia animalidad, la expresamos. El clima es propicio. Cada quien hace acopio de lo que considera es lo que “se ocupa” para ser diestro en estas lides dionisíacas: el cuerpo, el gesto, la billetera, el poder que soy capaz de ejercer sobre el animal indefenso que es de mi propiedad, el movimiento, la gracia o la potencia. Mi potencia para “el asalto”, mi encanto para seducir o mi capacidad para la entrega, la obediencia y la sumisión.  Si siento timidez me emborracho y me atrevo.

 

¿Se atreverá alguien a hacer un llamado a la prudencia o la mesura más allá del llamado a parar el maltrato de los animales – tan pertinente-? ¿Alguien de verdad estaría interesado en que se vuelva a guardar en el closet de lo privado la sexualidad del pueblo “tico promedio”? ¿Alguien se atrevería a eso? ¿En aras de qué? ¿En función de qué? ¿Qué ofrecería como alternativa?

¿Es el tope nacional espacio para la expresión de nuestras capacidades o apetitos o nuestros miedos, carencias o limitaciones? ¿Qué clase de retrato de lo que somos nos muestra esta actividad?

¿Qué origen tendrá este desboque? ¿Será “natural” o lo natural será esconderlo? ¿Podremos transformarlo en algo más sano, menos mediado?

¿Pueden  la ternura, la complicidad, la relación de entrega equitativa, la amorosa comunión de los cuerpos en armonía e igualdad tener espacio en actividades de este tipo o es que el dominar al animal ( como “otro” que no reconocemos merecedor de respeto)  es incompatible con lo anterior?

Hay muchas preguntas sin hacerse. Las posibles respuestas tan  distantes como tanto misterio antropológico.

Lo cierto es que ser humano, como macho y hembra -en toda su no binaria diversidad- , no solo respondemos a construcciones culturales sino a instintos animales y a infinitas y numerosas complejidades y que ante nuestros ojos tenemos cada año un despliegue impresionante de sexualidad patriarcal digna de estudiarse.

 

 

 

(La foto corresponde al templo de  Khajuraho, en Lakshmanade India)

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Julia Ardón